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La desindustrialización y el chivo expiatorio perfecto: la culpa no es de la transición energética, sino de…

La desindustrialización y el chivo expiatorio perfecto: la culpa no es de la transición energética, sino de...

Desindustrialización y el chivo expiatorio perfecto: la culpa no es de la transición energética, sino de… – Imagen: Xpert.Digital

Atrapados en 2005: Por qué las viejas recetas de nuestros altos directivos ya no funcionan

Cifras alarmantes: ¿Por qué solo nosotros tenemos la culpa de la desindustrialización?

Restauración en lugar de progreso: El pensamiento de la generación de ayer

La economía alemana se contrae, las fábricas trasladan su producción y el temor a una desindustrialización progresiva es generalizado. En el acalorado debate público, el culpable suele identificarse rápidamente: la transición energética, los altos precios de la electricidad y la excesiva burocracia. Pero esta narrativa simplista no solo es excesivamente simplista, sino fatal. Mientras Alemania debate sobre sus ventajas competitivas nacionales, se está produciendo una ruptura estructural histórica en el mercado global. Impulsada por conceptos económicos chinos radicales, a menudo malinterpretados, como "Neijuan" y "Leapfrogging", la antigua nación exportadora está perdiendo terreno significativo en tecnologías clave. La verdadera razón del declive de Alemania no reside en el abandono del carbón y la energía nuclear, sino en una dramática crisis de innovación, la falta de comercialización y una obstinada adhesión a fórmulas de gestión obsoletas. Este es un análisis económico implacable sobre quién ha fracasado realmente y qué debe hacerse ahora para evitar la caída en la irrelevancia.

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“Neijuan” y “Salto de rana”: La despiadada estrategia china que ataca nuestra comodidad

Es un patrón recurrente en tiempos de crisis: la gente busca un culpable sencillo, una narrativa atractiva que reduce las causas complejas a un único denominador común. En Alemania, la transición energética ha asumido este papel. Quienes siguen las noticias podrían creer que el país cayó en la crisis económica únicamente por el abandono de la energía nuclear y del carbón. Esta visión no solo es intelectualmente deshonesta, sino también peligrosa, ya que oculta las verdaderas causas del declive e impide encontrar soluciones que podrían ser realmente útiles.

De hecho, la producción industrial alemana ha disminuido cada año desde 2022: un 0,2 % en 2022, un 1,2 % en 2023, un 4,8 % en 2024 y otro 1,6 % en 2025, el cuarto año consecutivo de descenso. Estas cifras son alarmantes. Sin embargo, un análisis económico honesto exige que se sitúen en un contexto global que va mucho más allá de las fluctuaciones de la política energética alemana. Porque, paralelamente a estos descensos, se está produciendo un cambio estructural de trascendencia histórica mundial, que ha alterado fundamentalmente las coordenadas de la competencia global, y para el cual Alemania, Japón, Corea del Sur e incluso Estados Unidos aún no han encontrado una respuesta convincente.

Quienes abogan por un retorno a los principios económicos tradicionales —economistas, lobistas y altos directivos de la vieja escuela— recurren a soluciones ya conocidas: energía más barata, menos burocracia y menores impuestos. Si bien estas medidas no son intrínsecamente erróneas, abordan los síntomas, no la causa raíz. El Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW Berlín) ha resumido acertadamente la situación: los enfoques habituales —exenciones fiscales, subsidios generales a la inversión y reducciones en los precios de la electricidad— pueden mejorar las condiciones de producción, pero pasan por alto el verdadero problema de la trampa de la inversión tecnológica. Quienes observen el mundo con la perspectiva de 2005 no podrán realizar diagnósticos precisos en 2026.

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La receta de China para el mercado mundial

Para comprender los verdaderos desafíos que enfrenta Alemania, es necesario tomar en serio dos conceptos chinos que a menudo se subestiman o se malinterpretan en el discurso económico occidental: Neijuan y el concepto de "salto económico" (Leapfrogging).

Neijuan, término originario de la sociología agrícola, describe ahora la destructiva forma de competencia interna china en la que las empresas venden sistemáticamente por debajo del costo, defienden su cuota de mercado a cualquier precio y, por lo tanto, llevan a todo el sector a una batalla feroz sin resultados productivos. Los cuatro mayores fabricantes chinos de módulos —Longi, Jinko Solar, Trina Solar y JA Solar— registraron pérdidas netas combinadas de aproximadamente 1.540 millones de dólares estadounidenses solo en el primer semestre de 2025, lo que representa un aumento del 150 % con respecto al año anterior. Estas empresas se están destruyendo mutuamente; sin embargo, esta dinámica aparentemente irracional tiene un efecto estratégico que Occidente ha ignorado durante mucho tiempo: está llevando los costos de producción y los precios de mercado a mínimos históricos. Quienes no pueden o no quieren participar en este desplome de precios pierden el mercado.

El principio del salto tecnológico complementa de forma impresionante este patrón. China no intentó superar a los antiguos líderes tecnológicos en su propio terreno. En cambio, se saltó etapas completas de desarrollo: la red telefónica fija, el almacén semiautomatizado, el automóvil de segunda generación con motor de combustión interna. Impulsada por la estrategia estatal "Hecho en China 2025", el país se aseguró una posición dominante en el mercado global en tiempo récord: más del 90 % de la cuota de mercado en polisilicio para aplicaciones solares, el 97 % en obleas, el 85 % en células solares y el 75 % en módulos. En 2025, China instaló una capacidad total de 769,7 gigavatios-hora de baterías para vehículos eléctricos, un aumento del 40,4 % con respecto al año anterior. Esto no es un proceso gradual de puesta al día industrial; es un cambio radical.

Este ascenso a esta velocidad no habría sido posible sin un impulso externo crucial: Apple. Cuando la empresa con sede en Cupertino trasladó su cadena de producción a China, transfirió no solo el volumen de producción, sino, sobre todo, el conocimiento técnico, los estándares de calidad y la disciplina en la cadena de suministro, hasta tal punto que capacitó a la industria china en tan solo unos años, algo que otros países no habían logrado en décadas. El poder tecnológico de China es, por lo tanto, también una consecuencia no intencionada de las estrategias de externalización occidentales: un capítulo amargo, pero instructivo, de autodestrucción económica.

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Paneles solares, coches eléctricos, almacenamiento de baterías: la nueva trinidad industrial

La transformación industrial de China se manifiesta hoy en un conjunto coherente de tres tecnologías clave que se refuerzan mutuamente y crean una ventaja competitiva única: la energía fotovoltaica, la electromovilidad y el almacenamiento de energía en baterías.

En el sector fotovoltaico, el dominio de China es abrumador. En Alemania, el 87 % de todos los módulos fotovoltaicos importados procedían de China en 2022. Europa ha dejado de ser un productor significativo en este sector. El crecimiento de la cuota de mercado de China en la electromovilidad fue aún más rápido: del 7 % en 2020 a más del 25 % de las matriculaciones mundiales de vehículos nuevos en 2023. Las baterías de fosfato de hierro y litio (LFP) se convirtieron en el estándar en el mercado interno chino: más robustas, más rentables y con mayor estabilidad térmica. Para 2025, la tecnología LFP representaba el 81,2 % de todo el mercado chino de baterías para vehículos eléctricos, lo que supone un crecimiento de casi el 53 % con respecto al año anterior. BYD, la empresa china que hace tan solo unos años era objeto de burla en Europa, es ahora el mayor fabricante mundial de vehículos eléctricos por unidades vendidas.

En el primer semestre de 2025, China superó por primera vez la marca de los 100 gigavatios de capacidad de almacenamiento de energía en baterías estacionarias, lo que representa un aumento del 110 % con respecto al año anterior. Este mercado de almacenamiento no solo es significativo desde la perspectiva de la política energética, sino que también constituye la infraestructura para la integración fiable de las energías renovables en la red eléctrica, precisamente lo que Alemania aún intenta construir. En tan solo una década, China ha establecido una cadena de valor completa, que abarca desde la extracción de materias primas y la fabricación de celdas hasta la integración de sistemas. Para alcanzar este liderazgo se requiere no menos transición energética, sino una mayor determinación estratégica.

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El salto a la siguiente frontera: los robots humanoides como el nuevo polo industrial de China

Lo descrito hasta ahora constituiría, en sí mismo, un logro económico extraordinario. Pero China no se conforma con dominar las industrias actuales; al mismo tiempo, está construyendo un clúster industrial que podría redefinir los paradigmas de producción futuros: los robots humanoides.

El Ministerio de Industria y Tecnología de la Información de China reconoció el potencial de este sector desde el principio, con el objetivo de lograr la producción en masa de robots humanoides para 2025. Este plan ahora se está materializando: en abril de 2026, se inauguró en Shenzhen la primera línea de producción de robots humanoides de China, con una capacidad anual de más de 10 000 unidades (produciendo un robot cada 30 minutos). Otra planta, con una capacidad máxima de diseño de hasta 50 000 robots anuales, se completó en Foshan, provincia de Guangdong, a finales de marzo de 2026. Para 2025, China contaba con más de 140 fabricantes de robots humanoides, y el sector atrajo más de 40 000 millones de yuanes en capital de inversión, lo que dio lugar a la creación de seis nuevos unicornios.

China ya produce más de la mitad de los robots humanoides del mundo y, según las previsiones, se espera que alcance una cuota de mercado global de casi el 45 % en el campo de la inteligencia artificial para 2030. La comparación con el auge de los vehículos eléctricos no es una exageración, sino una comparación deliberada. El patrón se repite: clústeres industriales financiados por el Estado, inversiones masivas, rápidas economías de escala y liderazgo mundial en precios. Lo que comenzó con los paneles solares continúa con las baterías y los coches eléctricos, y ahora culmina en la robótica y la inteligencia artificial. Alemania y Europa observan con atención este proceso.

 

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El crecimiento global está cambiando: ¿qué necesita hacer Alemania de manera diferente ahora?

Cuando todas las reglas antiguas ya no se aplican: La paradoja de la pérdida de cuota de mercado

Existe una lógica económica fundamental que rara vez se explicita en el discurso público sobre la crisis alemana: perder cuota de mercado no es, en sí misma, prueba del fracaso de quienes la pierden, sino principalmente una expresión de los esfuerzos de recuperación de quienes la ganan. La cuestión no es si este proceso se está produciendo, sino cómo reaccionan ante él los antiguos líderes del mercado.

Japón es el ejemplo histórico más ilustrativo de este dilema. El país, considerado una potencia económica imparable en la década de 1980, perdió gradualmente su dominio en sectores clave como la electrónica de consumo y la automoción, no tanto por sus propios errores como por los esfuerzos de Corea del Sur, Taiwán y, finalmente, China por alcanzarlo. La economía japonesa creció apenas un 0,2 % en 2024, y a finales de 2025, el PIB prácticamente se había estancado en el cuarto trimestre, con un crecimiento de tan solo el 0,1 %. El crecimiento anual de 2025 alcanzó el 1,1 %, un dato suficientemente sólido para una economía envejecida, pero lejos de ser dinámico. La razón subyacente es estructural: Japón no logró dar el salto a las industrias de nueva generación a tiempo.

Corea del Sur ha extraído sus conclusiones de esta situación, o al menos lo está intentando. Samsung anunció inversiones de 310 mil millones de dólares durante los próximos cinco años en semiconductores, infraestructura de IA y fabricación de alta tecnología. El país se está redefiniendo, no como fabricante de bienes de consumo masivo, sino como proveedor de tecnologías clave para la era de la IA. El beneficio operativo de Samsung se multiplicó por ocho en el primer trimestre de 2026 en comparación con el año anterior, impulsado por la enorme demanda de chips de memoria para centros de datos de IA. Corea del Sur demuestra que quienes se anticipan a la próxima trayectoria tecnológica pueden tener éxito a pesar de la presión competitiva china.

Estados Unidos, sin embargo, ha optado por un camino diferente: el proteccionismo. Tras asumir la presidencia en enero de 2025, Donald Trump impuso aranceles extensivos a China, la UE y decenas de otros países. El resultado es desalentador. El déficit comercial estadounidense de bienes y servicios ascendió a aproximadamente 901 mil millones de dólares en 2025, apenas dos mil millones menos que en 2024. De hecho, el déficit en el comercio de mercancías aumentó. El proteccionismo salvaguarda el statu quo, pero no crea industrias del futuro. Se trata de una política económica nostálgica.

La innovación en declive: la debilidad autoinfligida de Alemania

El hallazgo más crítico para Alemania no es la transición energética, sino el declive de su capacidad innovadora. En el Indicador de Innovación 2025 del BDI, Alemania ocupa el puesto 12 de 35 economías. Resulta especialmente preocupante el diagnóstico del propio estudio: Alemania se encuentra entre los líderes mundiales en generación de conocimiento, pero se queda muy atrás en la comercialización de este saber hacer; según el estudio del BDI, la eficiencia en su aplicación económica es de apenas el 61 %. Mucha investigación, poca innovación. Mucho conocimiento fundamental, pocos productos comercializables.

Un estudio encargado por la Fundación Bertelsmann, que encuestó a más de 1100 empresas, llegó a una conclusión alarmante en 2026: solo el 13 % de las empresas alemanas se encontraban entre las más innovadoras, en comparación con aproximadamente una cuarta parte en 2019. La proporción de empresas con escasa innovación había aumentado a casi el 40 % durante el mismo período. Los sectores industriales clave están perdiendo su ventaja innovadora, mientras que los servicios intensivos en conocimiento y el sector de las tecnologías de la información están asumiendo cada vez más el papel de líderes tecnológicos. No se trata de un descenso temporal, sino de un cambio estructural en el perfil de innovación de la economía alemana.

El director general de la Asociación de Cámaras de Industria y Comercio Alemanas (DIHK) informa que la proporción de empresas industriales que consideran recortes de producción o reubicaciones ha aumentado del 21 % en 2022 al 37 % en 2024, e incluso al 45 % en el caso de las empresas con alto consumo energético. Más de un tercio de las empresas están posponiendo inversiones en áreas de producción clave, y alrededor de una quinta parte está reduciendo el gasto en investigación y desarrollo. Este es un verdadero círculo vicioso: bajo la presión de los costes, disminuye el gasto en I+D, lo que a su vez reduce la innovación, disminuye la competitividad y, por consiguiente, aumenta la presión sobre los costes.

A esto se suma un problema generacional que rara vez se aborda abiertamente: muchas de las figuras más destacadas en los consejos de administración y las presidencias de asociaciones alemanas se formaron durante el auge económico de los años 90 y 2000, cuando los automóviles, la maquinaria y los productos químicos alemanes dominaban casi automáticamente los mercados mundiales. Los modelos mentales que surgieron en esa época —la fiabilidad supera a la velocidad, la calidad supera al precio, lo probado supera a lo nuevo— ya no son fortalezas en un mundo que se comporta de manera fundamentalmente diferente. Se han convertido en una carga insoportable.

Los que crecen se ponen al día, y eso es lo que significa para Alemania

Un análisis objetivo del mapa de crecimiento global muestra que el período de debilidad de las naciones industrializadas consolidadas no es una coincidencia, sino una necesidad matemática de convergencia: las economías que parten de un nivel inicial bajo crecen más rápido, no porque sean mejores, sino porque están alcanzando a las demás.

India es el ejemplo más destacado en la actualidad. El producto interno bruto (PIB) de India creció un 7,6 % en términos reales durante el año fiscal 2025/2026, y los expertos pronostican un crecimiento del 6,6 % para el año fiscal 2026/2027. Con un PIB de 4,19 billones de dólares estadounidenses, se espera que India supere a Japón como la cuarta economía más grande del mundo en 2025 y alcance a Alemania en 2028. Este cambio no es una tragedia, sino la norma global, pero ahora se está volviendo tangible. En América Latina, Argentina, con un pronóstico de crecimiento del 5,7 % para 2025, y otras economías emergentes demuestran que los procesos de convergencia también se están produciendo en el otro extremo del mapa mundial.

La paradoja resultante es difícil de digerir para las naciones industrializadas consolidadas: los mercados en los que Alemania deposita sus esperanzas como futuras regiones de crecimiento —Latinoamérica, el Sudeste Asiático y África— ya han sido explotados por China. Con precios bajos, tecnología avanzada de baterías y conceptos de vehículos centrados en el software, los fabricantes chinos están ganando cuota de mercado precisamente en esas regiones dinámicas que Alemania considera vitales. La diversificación de las cadenas de suministro, que Berlín ha formulado como un objetivo estratégico a largo plazo, ya ha sido implementada por completo por Pekín, que actúa como agresor, no como defensor.

Para Alemania, esto tiene una clara consecuencia: las estrategias de expansión geográfica del pasado —abrir nuevos mercados con productos probados— ya no funcionan cuando un competidor ya está presente en esos mercados con precios y productos que los proveedores occidentales no pueden superar estructuralmente. El motor del crecimiento ya no puede alimentarse de la expansión del mercado con productos existentes. Debe impulsarse mediante la redefinición tecnológica.

La trampa de la inversión tecnológica y la salida

El Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW Berlín) ha descrito con precisión el problema fundamental: Alemania se encuentra atrapada en una trampa de inversión tecnológica. Las inversiones necesarias para la transformación digital en inteligencia artificial, computación cuántica, robótica y tecnología de hidrógeno verde superan las capacidades de las empresas individuales y las políticas nacionales. Una política industrial paneuropea, competitiva y estratégica es la única herramienta lo suficientemente poderosa para superar este desafío.

El informe de Mario Draghi de septiembre de 2024 sobre la competitividad europea formuló este diagnóstico a nivel europeo e identificó seis desafíos clave: el retraso en tecnologías clave, la falta de empresas digitales de rápido crecimiento, las dependencias unilaterales, la pérdida de energía barata y oportunidades de exportación, y el cambio climático y los cambios demográficos. Los paquetes de reformas recomendados —una nueva estrategia industrial europea, inversiones en IA y computación cuántica, y la culminación del mercado único de capitales— representan nada menos que un rediseño completo de la arquitectura económica europea.

Alemania cuenta sin duda con fortalezas que puede aprovechar. Un estudio de Deloitte confirma que Alemania se sitúa entre los cinco países más innovadores del mundo en cuanto a patentes de primer nivel y es líder en Europa, especialmente en tecnologías para la movilidad conectada y la eficiencia energética. La alta concentración de ingenieros, la infraestructura de investigación y la cultura de excelencia técnica entre las pequeñas y medianas empresas (PYME) no son meras palabras, sino ventajas competitivas reales que, sin embargo, deben canalizarse de una manera diferente. El programa de Proyectos Importantes de Interés Común Europeo (IPCEI) en los campos de la microelectrónica, la producción de celdas de batería y la tecnología del hidrógeno es un enfoque sólido, pero requiere un aumento significativo de la financiación, un alcance más amplio y una implementación más eficiente.

Lo que le falta actualmente a Alemania no es excelencia en la investigación, pues ya la posee. Lo que le falta es la voluntad de adoptar una comercialización radical, de movilizar capital de riesgo y de tolerar el fracaso en el proceso de innovación. La proporción de innovadores disruptivos y arriesgados está disminuyendo; las empresas se centran cada vez más en el desarrollo de productos, servicios y procesos existentes, mientras que las reestructuraciones fundamentales se llevan a cabo con menos frecuencia. Esta es una política de innovación que minimiza el riesgo, precisamente lo contrario de lo que exige la competencia global.

La generación que ahora tiene que decidir

La ironía histórica de esta situación reside en que es precisamente la generación más joven la que sufrirá las consecuencias del pensamiento erróneo de sus predecesores, y a la vez la única con el potencial para llegar a las conclusiones correctas. Para ellos, reconocer estas conexiones no es un ejercicio académico, sino una cuestión de supervivencia económica.

La lección que nos deja China es que no debemos copiar su modelo. El industrialismo impuesto por el Estado, con sus desventajas —sobreproducción, acumulación de deuda, devastación ecológica—, no es un éxito exportable. La lección reside, más bien, en la claridad estratégica y la voluntad de invertir con las que China persigue sus objetivos a largo plazo, mientras Europa sigue estancada en procesos de consulta y minucias regulatorias. La transición a las energías renovables, el desarrollo de una industria de baterías competitiva y el avance de la soberanía en inteligencia artificial no son lujos para tiempos de prosperidad, sino requisitos fundamentales para la prosperidad futura.

La competencia global ha despertado. Ya no está dormida. No espera a que Alemania ponga fin a sus debates. Quien opte por la restauración en este contexto no elige la seguridad de lo conocido, sino un declive garantizado. Esto no es una opinión. Son hechos.

 

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