
Las grandes tecnológicas redactan leyes de la UE: La subversión silenciosa de la regulación de la IA: Tu tostadora es más transparente que el lobby de la IA en EE. UU. – Imagen: Xpert.Digital
Copiar y pegar en Bruselas: El escándalo silencioso de lobby en torno al gigantesco consumo de electricidad de la IA
Acuerdos secretos para centros de datos: cómo Microsoft y otras empresas están socavando la protección del clima europeo
¿Quién controla la IA? Una revelación muestra cómo las corporaciones estadounidenses están redactando las leyes europeas
Si bien todos los electrodomésticos convencionales en la UE deben llevar una estricta etiqueta energética, el gigantesco consumo de electricidad y agua de los enormes centros de datos de IA sigue siendo un secreto celosamente guardado. Esto no es casualidad, sino el resultado de una maniobra de presión sin precedentes: un informe de investigación internacional revela cómo gigantes tecnológicos como Microsoft, Amazon y Meta han socavado los procesos legislativos europeos mediante una influencia desmesurada. Con propuestas de redacción copiadas casi textualmente en la legislación de la UE, las grandes tecnológicas han logrado eludir secretamente las obligaciones previstas de transparencia ambiental. La consecuencia fatal: ciudadanos, municipios y parlamentos desconocen por completo los verdaderos costes ecológicos de la inteligencia artificial. El caso no solo demuestra la enorme demanda de recursos de esta nueva tecnología, sino que también plantea una cuestión democrática fundamental y muy delicada: ¿Quién dicta realmente las normas para el futuro digital de Europa: los representantes electos o las corporaciones estadounidenses?
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La capitulación de Europa ante las grandes tecnológicas: por qué el verdadero precio del auge de la IA seguirá siendo un secreto celosamente guardado
En Europa, todas las tostadoras llevan la etiqueta energética de la UE. Cualquiera que compre un electrodoméstico sabe inmediatamente cuánta electricidad consume. Sin embargo, los centros de datos de IA de Microsoft, Amazon, Google y Meta permanecen envueltos en el secretismo, al menos en lo que respecta a sus datos ambientales georreferenciados. Que esto no es casualidad, sino el resultado de una influencia deliberada en el proceso legislativo europeo, quedó al descubierto en abril de 2026 con un informe de investigación transfronterizo de Investigate Europe, publicado conjuntamente con The Guardian, Le Monde, El País y otros medios de comunicación de nueve países. Lo que a primera vista parece una disputa técnica sobre regulación es, en realidad, una cuestión política fundamental: ¿Quién dicta las normas para la era de la IA en Europa?
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El hambre explosiva de energía del auge de la IA
La infraestructura digital europea está creciendo a un ritmo sin precedentes. Como parte de su Plan de Acción para el Continente de la IA, la Comisión Europea se ha fijado el objetivo de triplicar, como mínimo, la capacidad de los centros de datos de la Unión en un plazo de cinco a siete años. Una red de fábricas de IA, gigafábricas de IA y una ley específica para el desarrollo de la nube y la IA contribuirán a este objetivo, con una inversión total de hasta 200.000 millones de euros que se movilizarán a través de la iniciativa InvestAI.
Detrás de estas cifras de crecimiento se esconde un aumento masivo del consumo energético. Solo en Alemania, la demanda de electricidad de los centros de datos alcanzará los 21.300 millones de kilovatios-hora en 2025, un incremento de casi el 80 % en comparación con los 12.000 millones de kWh de 2015. Para 2030, se espera que la capacidad de los centros de datos en Alemania aumente otro 70 %, y que los centros de datos de IA, por sí solos, cuadrupliquen su capacidad. En toda Europa, la consultora energética EMBER predice que la demanda de electricidad de los centros de datos aumentará a 236 teravatios-hora para 2035, casi triplicándose en comparación con 2024. A nivel mundial, según un estudio de Economist Impact encargado por la aseguradora de propiedades industriales FM, la IA impulsará la demanda energética en un 60 % para 2028, y se espera que el consumo de electricidad de los centros de datos, por sí solo, se duplique con creces hasta alcanzar los 945 TWh en todo el mundo para 2030.
Además de la insaciable demanda de electricidad, otro problema de recursos está cobrando protagonismo: el agua. Los grandes centros de datos requieren millones de litros de agua potable para refrigerar su infraestructura de servidores. Un centro de datos promedio consume hasta 26 millones de litros de agua al año, mientras que los centros de datos a hiperescala pueden llegar a utilizar hasta 766 millones de litros, lo que equivale al consumo de agua de una pequeña ciudad. El centro de datos de Microsoft en la región neerlandesa de Agriport A7 consumió 84 millones de litros de agua durante la sequía de 2021, mientras que agricultores y municipios tuvieron que aceptar simultáneamente restricciones al riego. De esta forma, las comunidades locales pierden recursos vitales, mientras que las empresas tecnológicas obtienen grandes beneficios; un conflicto que se extiende por toda Europa y que, por lo tanto, exige escrutinio público y transparencia.
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La Directiva de Eficiencia Energética y su intención original
Con la Directiva de Eficiencia Energética (DEE) de 2023 – Directiva (UE) 2023/1791 – la Unión Europea realizó su primer intento serio de regulación en el marco del Pacto Verde Europeo. El artículo 12 de la Directiva obliga a los Estados miembros a exigir a los propietarios y operadores de centros de datos con una demanda de energía informática de al menos 500 kilovatios que publiquen una serie de indicadores clave antes del 15 de mayo de 2024 y anualmente a partir de entonces: consumo de energía, uso de agua, eficiencia energética y porcentaje de energías renovables. La idea era sencilla y sensata: si incluso una tostadora doméstica debe llevar una etiqueta energética, entonces las instalaciones que más energía consumen en la economía digital también deberían estar sujetas al escrutinio público.
En diciembre de 2023, la Comisión Europea distribuyó un primer borrador del reglamento delegado —un acto de ejecución destinado a especificar los detalles de las obligaciones de información—. Este borrador inicial estipulaba que los datos recopilados debían publicarse de forma agregada. De este modo, ciudadanos, municipios, periodistas, organizaciones ecologistas y científicos podrían haber obtenido, al menos, una visión general del impacto ambiental de cada centro de datos. Pero entonces se puso en marcha la maquinaria de presión.
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Copiar, pegar, gobernar: cómo los deseos corporativos se convirtieron en ley de la UE
La investigación realizada por Corporate Europe Observatory y AlgorithmWatch, publicada por Investigate Europe, revela un patrón preciso de influencia dirigida. Microsoft y el grupo de presión DigitalEurope, con sede en Bruselas —entre cuyos miembros se encuentran Amazon, Google, Apple y Meta— presentaron documentos de posición a la Comisión Europea y coordinaron estrechamente sus acciones. Su objetivo común: debilitar significativamente los requisitos de transparencia de la Directiva de Eficiencia Energética (DEE) y ampliar el alcance de los secretos comerciales para abarcar todos los datos relativos a los centros de datos individuales.
Microsoft instó a la Comisión a ir aún más lejos: el acceso a la información debería restringirse no solo a nivel de la UE, sino también en los Estados miembros. DigitalEurope añadió en su declaración que las normas de confidencialidad de la Directiva sobre el medio ambiente eran poco claras y que el acto delegado debería garantizar que la información sobre indicadores clave de rendimiento (KPI) específicos esté protegida antes de su divulgación. Ambas organizaciones propusieron, en última instancia, enmiendas idénticas al acto delegado: toda la información relativa a los centros de datos individuales debería clasificarse como confidencial, incluso si se solicita en virtud del Reglamento de la UE sobre acceso a los documentos o del Convenio de Aarhus, que garantiza explícitamente a los ciudadanos el acceso a los datos medioambientales.
Lo sorprendente de este hallazgo no es solo que las corporaciones estén ejerciendo presión —algo habitual en Bruselas—, sino la naturaleza de su influencia: se dice que la redacción de los documentos de posición de Microsoft y DigitalEurope se ha incorporado casi textualmente al acto delegado de la Comisión. The Guardian escribió que la cláusula de confidencialidad se copió casi directamente en la propuesta de la Comisión. El resultado: mientras que la Directiva sobre Energías Renovables (EED) se diseñó para que toda la información sobre centros de datos con un consumo energético superior a 500 kW fuera de dominio público —salvo que se tratara de secretos comerciales o empresariales—, el acto delegado permite ahora que toda la información sobre los indicadores de rendimiento de los centros de datos individuales se mantenga en secreto.
La dimensión jurídica: Cuando el derecho de la UE socava el derecho de la UE
Lo ocurrido en este caso resulta sumamente problemático desde el punto de vista jurídico. Un acto delegado —un acto de ejecución de la Comisión— no debe, en principio, contradecir la directiva que implementa. Sin embargo, esto parece ser precisamente lo que sucede. La propia Directiva de Educación y Educación (DEE) estipula una obligación de publicación; el acto delegado crea una presunción de confidencialidad tan amplia que, en la práctica, socava dicha obligación.
Aún más grave es la posible violación de las normas internacionales y europeas de transparencia. El Convenio de Aarhus, del que la UE es signataria, obliga a los Estados contratantes a garantizar el acceso público sistemático a la información ambiental. Luc Lavrysen, expresidente del Tribunal Constitucional belga y profesor de derecho ambiental en la Universidad de Gante, afirmó que la cláusula de confidencialidad es «claramente incompatible» con las normas de transparencia de la UE y el Convenio de Aarhus. Krist Irion, jurista de la Universidad de Ámsterdam, llegó a una conclusión similar: la presunción generalizada de confidencialidad favorece injustamente los intereses corporativos por encima del acceso público a la información; la información empresarial sensible debe protegerse caso por caso, no de forma generalizada.
La Comisión Europea ha rechazado las acusaciones. Un portavoz declaró que había cumplido con su obligación de crear un panel de control público y propuso un sistema de calificación para los centros de datos. Sin embargo, el panel solo muestra datos nacionales agregados. La información específica de cada sitio, necesaria para una verdadera supervisión democrática, permanece confidencial.
DigitalEurope: La voz de la concentración digital
Para comprender la dinámica de esta influencia, conviene analizar más de cerca a DigitalEurope. Esta asociación es considerada uno de los grupos de presión más activos y con mayor poder económico de Bruselas, ya que representa no solo a 65 de las mayores empresas de los sectores eléctrico, de software y de telecomunicaciones, sino también a 40 asociaciones comerciales nacionales, como la asociación digital alemana Bitkom. DigitalEurope cuenta con 27 acreditaciones para ejercer presión en el Parlamento Europeo —más que cualquier otro actor tecnológico en Bruselas— y, según Netzpolitik.org, se encuentra entre los cinco grupos de presión más activos del mundo.
La asociación afirma representar a un amplio sector. Sin embargo, en realidad, sus posturas están en gran medida condicionadas por sus miembros más grandes y con mayor poder económico: Microsoft, Amazon, Google, Apple y Meta. Estas cinco empresas, por sí solas, son responsables de una parte desproporcionada del gasto en lobby. Meta invierte 10 millones de euros anuales en lobby ante la UE, mientras que Microsoft, Amazon y Apple invierten 7 millones de euros cada una. Según un estudio de LobbyControl y Corporate Europe Observatory, todo el sector digital invierte actualmente 151 millones de euros anuales en lobby ante la UE, lo que supone un aumento del 33,6 % desde 2023 y del 55,6 % desde 2021. Este es el presupuesto de lobby más alto jamás registrado para el sector tecnológico en Bruselas.
Resulta especialmente alarmante que el número de lobistas tecnológicos en Bruselas haya superado ya al de diputados del Parlamento Europeo. Mientras que el Parlamento Europeo cuenta con 720 miembros, los representantes en Bruselas ejercen presión en nombre de la industria tecnológica en el equivalente a 890 puestos de trabajo a tiempo completo. En el primer semestre de 2025, las grandes tecnológicas celebraron una media de tres reuniones de lobby diarias con representantes de la Comisión y eurodiputados. Esta mera presencia genera ventajas estructurales de acceso que simplemente no están al alcance de las organizaciones de la sociedad civil, los grupos ecologistas ni los representantes locales.
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El lobby en lugar del control y cómo las grandes tecnológicas están robando transparencia a Europa: El ómnibus digital y sus consecuencias
Un patrón, no una excepción: El ómnibus digital y el sistema de dilución
El caso de la transparencia en los centros de datos no es un incidente aislado, sino parte de un patrón más amplio. Una investigación paralela realizada por LobbyControl y Corporate Europe Observatory en enero de 2026 muestra que la Comisión Europea adoptó directamente las posturas de los grupos de presión de las grandes tecnológicas en al menos siete ocasiones dentro del llamado Ómnibus Digital, un paquete legislativo destinado a simplificar la legislación digital vigente. La legislación en cuestión incluye la Ley de IA, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), la Directiva sobre privacidad electrónica y la Ley de Protección de Datos. Los críticos describen los planes de la Comisión como un «ataque sin precedentes» a los derechos digitales de los ciudadanos europeos.
Resulta especialmente preocupante la alianza estratégica que las grandes tecnológicas han forjado con partidos populistas de derecha y de extrema derecha en el Parlamento Europeo. Según un análisis, el número de reuniones de lobby entre Meta y eurodiputados afiliados a grupos de extrema derecha aumentó de una sola reunión en la legislatura anterior a 38 en la actual. Google y Microsoft siguieron estrategias similares porque los grupos de extrema derecha apoyan los planes de desregulación de la Comisión. El resultado es una coalición política de intereses corporativos estadounidenses, ideólogos europeos de la desregulación y el conformismo estructural de una Comisión que instrumentaliza cada vez más la competitividad como argumento para desmantelar los derechos de propiedad intelectual.
El presidente estadounidense Donald Trump ha exacerbado aún más este clima al amenazar abiertamente con imponer aranceles punitivos a la UE si Bruselas continúa regulando a las empresas tecnológicas estadounidenses. La combinación de gastos récord en actividades de lobby, la presión política de Washington y la tendencia a la desregulación en Europa está creando un entorno en el que los intereses corporativos se priorizan sistemáticamente sobre los intereses de los ciudadanos.
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El déficit de transparencia y sus consecuencias prácticas
¿Qué implica realmente el secretismo que rodea a los datos de los centros de datos? Para los ciudadanos y los municipios, significa que desconocen la carga que un centro de datos proyectado en su vecindario supondría para sus recursos. Las autoridades locales no pueden realizar una evaluación objetiva de los beneficios económicos frente a los costes medioambientales. Para los periodistas, significa que las investigaciones sobre el impacto ambiental de las instalaciones individuales se ven obstaculizadas por la cláusula de confidencialidad. Para las organizaciones ecologistas, significa que incluso las solicitudes basadas en el Reglamento de la UE sobre acceso a documentos o en el Convenio de Aarhus pueden ser rechazadas alegando secretos comerciales.
Los datos internos de la Comisión son bastante reveladores. Desde 2024, la Comisión ha estado recopilando indicadores clave de rendimiento, como la eficiencia energética y el consumo de agua de los centros de datos. Irlanda, uno de los países con mayor presencia de centros de datos en Europa, ya ha incumplido los dos primeros plazos de presentación de informes y se prevé que también incumpla el plazo del 15 de mayo de 2026, dado que la transposición de la Directiva sobre eficiencia energética a la legislación nacional aún está pendiente. Esto demuestra que incluso los requisitos de transparencia menos estrictos no se aplican de forma sistemática.
La paradoja es notable. Europa debate intensamente el concepto de soberanía digital. La Comisión Europea invierte 200.000 millones de euros en la construcción de una infraestructura europea de IA. Al mismo tiempo, los ciudadanos, municipios y parlamentos europeos no pueden controlar el consumo de electricidad y agua de un solo centro de datos de Microsoft, Amazon o Google en su entorno. La soberanía sobre la infraestructura presupone que esta infraestructura pueda ser visible y evaluada.
El concepto de soberanía digital y sus contradicciones estructurales
La Unión Europea lleva años utilizando el concepto de soberanía digital como principio político rector. La idea central es sólida e importante: Europa debería poder forjar su propio futuro digital sin depender geopolíticamente de empresas tecnológicas estadounidenses o chinas. Según un análisis del consorcio EuroStack, más del 80 % de las tecnologías digitales críticas en Europa dependen actualmente de proveedores no europeos. Esto incluye infraestructuras en la nube, modelos de IA, semiconductores y plataformas de software fundamentales.
Sin embargo, no se puede afirmar con credibilidad la soberanía digital mientras las normas que rigen la evaluación y el control de la infraestructura digital europea sean formuladas por las mismas corporaciones cuya dependencia se pretende superar. Esta no es una objeción retórica, sino un problema estructural. Quien permita que las corporaciones estadounidenses definan los estándares de transparencia para sus propias instalaciones en Europa acepta implícitamente que el control de la información sobre la infraestructura digital europea recae en actores externos. Esto socava la esencia misma de la soberanía digital: control, autodeterminación y resiliencia.
El plan estratégico EuroStack, que prevé inversiones de alrededor de 300.000 millones de euros, aboga explícitamente por el desarrollo de una economía digital soberana basada en valores, gobernanza y estándares europeos. Esto incluye no solo modelos de IA y chips europeos, sino, sobre todo, la soberanía regulatoria europea, que no puede verse menoscabada por presiones de los grupos de interés.
¿Gobierno democrático o cogobernanza corporativa?
El lobby en Bruselas no es un fenómeno surgido únicamente con la era de la IA. Empresas y asociaciones aportan sus posturas a los procesos legislativos; esto es legítimo siempre que sea transparente y enriquezca el proceso democrático en lugar de corromperlo. La línea que separa la representación legítima de la influencia ilegítima se cruza cuando el lenguaje del lobby se incorpora textualmente a los textos legales, cuando la influencia busca sistemáticamente socavar los mecanismos de control democrático y cuando los afectados —ciudadanos, municipios, sociedad civil— quedan excluidos estructuralmente de este proceso.
Esto es precisamente lo que ocurrió en el caso de la transparencia en los centros de datos. Las investigaciones revelan no solo el cabildeo, sino también la adopción de un lenguaje jurídico por parte de las corporaciones que, simultáneamente, obtienen beneficios comerciales de la falta de transparencia. Se trata de un conflicto fundamental entre los intereses corporativos y los públicos, y la Comisión parece haber favorecido a las empresas en este conflicto.
La asimetría institucional es evidente. Solo DigitalEurope posee 27 pases de lobby para el Parlamento Europeo. Las organizaciones de protección ambiental y del consumidor, las asociaciones municipales y las instituciones de investigación cuentan con una fracción de estos recursos y acceso. Sin embargo, una política digital democrática exige que todos los intereses relevantes puedan participar en igualdad de condiciones en el proceso legislativo, no solo aquellos que pueden costear las firmas de lobby más caras.
La coalición entre las grandes tecnológicas y las facciones de extrema derecha en el Parlamento Europeo es una señal particularmente preocupante en este contexto. Cuando los intereses desreguladores de las corporaciones estadounidenses y el escepticismo nacional-populista hacia la regulación europea forman una alianza estratégica, surge una dinámica política que restringe estructuralmente la capacidad de acción del legislador europeo, no mediante argumentos, sino mediante el poder de voto.
Lo que Europa necesita hacer ahora
Los resultados de la investigación de Investigate Europe constituyen una llamada de atención que exige medidas políticas concretas. En primer lugar, debe revisarse la cláusula de confidencialidad del acto delegado que implementa la Directiva sobre Energías Renovables (DER). Los datos ambientales de los centros de datos con una capacidad superior a 500 kW deben ser de acceso público para cada centro, con excepciones claramente definidas y específicas para los secretos comerciales y empresariales legítimos, que deberán justificarse caso por caso. Una presunción general de confidencialidad es incompatible tanto con la propia DER como con el Convenio de Aarhus.
En segundo lugar, Europa necesita urgentemente reforzar el Registro de Transparencia de la UE e introducir periodos de incomparecencia vinculantes para los funcionarios de la Comisión que hayan colaborado previamente con grupos de presión. Si el lenguaje corporativo se incorpora íntegramente a la legislación sin que este proceso se documente públicamente ni se someta al escrutinio parlamentario, esto no constituye un fallo de los funcionarios individuales, sino una deficiencia institucional.
En tercer lugar, la UE debe respaldar sus declaraciones sobre soberanía digital con hechos. Un Plan de Acción para el Continente de la IA que moviliza 200.000 millones de euros, pero que al mismo tiempo permite a las empresas beneficiarias mantener el control sobre las consecuencias ambientales de esta infraestructura, es intrínsecamente contradictorio. Una infraestructura soberana requiere una autoridad reguladora soberana; es decir, leyes formuladas en Europa de acuerdo con las normas europeas y en interés europeo, no dictadas por empresas con sede en el extranjero.
En cuarto lugar, es necesario fortalecer estructuralmente a la sociedad civil. Cuando 890 lobistas del sector tecnológico se enfrentan a más de 720 miembros del Parlamento Europeo, no se trata de una falta de compromiso por parte de la sociedad civil, sino más bien de una enorme desigualdad de recursos. Un mecanismo equivalente financiado con fondos públicos —como un fondo de la UE para el lobby de la sociedad civil en procedimientos regulatorios de especial importancia democrática— podría garantizar un equilibrio estructural en este ámbito.
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La soberanía digital comienza con la ley, no con el servidor
El análisis de los acontecimientos en torno a la Directiva de Eficiencia Energética de la UE y las obligaciones de transparencia para los centros de datos revela una profunda tensión en el seno del proyecto digital europeo. Europa invierte cientos de miles de millones de euros para lograr una mayor independencia tecnológica, al tiempo que permite que los fundamentos conceptuales de dicha independencia sean formulados por los mismos actores de los que pretende liberarse. Esto no es soberanía; es una nueva forma de dependencia con el sello de la UE.
La infraestructura digital de la era de la IA —centros de datos, plataformas en la nube, modelos de IA— es una infraestructura social crítica, comparable a las redes eléctricas o al suministro de agua. Como ocurre con cualquier infraestructura crítica, la transparencia no es un privilegio concedido a los operadores, sino un derecho democrático fundamental de los afectados. Quien menoscabe este principio al consagrar cláusulas de confidencialidad en la legislación de la UE que impiden precisamente este tipo de supervisión, actúa no solo en contra de la letra y el espíritu de la Directiva sobre la Eficiencia de la Información y la Comunicación (DEI), sino también en contra del principio fundamental de la gobernanza democrática.
La pregunta que plantea Investigate Europe no es, por tanto, puramente técnica. Es profundamente política: ¿A quién representa la legislación europea: a los intereses de los ciudadanos o a los de las corporaciones? Mientras esta pregunta quede sin respuesta, la soberanía digital de Europa seguirá siendo una promesa vacía. La soberanía digital no comienza en el centro de datos, sino con la cuestión de quién elabora las leyes.
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