La escalada de Trump en Oriente Medio como lección sobre el fracaso de una política exterior sin alianzas
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Publicado el: 23 de marzo de 2026 / Actualizado el: 23 de marzo de 2026 – Autor: Konrad Wolfenstein

La escalada de Trump en Oriente Medio como lección sobre el fracaso de una política exterior sin alianzas – Imagen: Xpert.Digital
Guerra energética 2026: Cuando las políticas improvisadas de un individuo incendian la economía global
El cuello de botella de la economía global: por qué la escalada en el Golfo amenaza nuestra vida cotidiana
Oriente Medio está en llamas, los mercados bursátiles se tambalean y el suministro energético mundial se enfrenta a una prueba histórica. Marzo de 2026 ilustra claramente cómo la política exterior errática y egocéntrica del presidente estadounidense Donald Trump en torno al estrecho de Ormuz no solo está generando conmociones geopolíticas, sino que también está sacudiendo pilares económicos fundamentales. Mientras el índice DAX se tambalea debido a decisiones individuales volátiles y la Agencia Internacional de Energía (AIE) advierte de la mayor amenaza energética de la historia, la política energética de Alemania también está siendo objeto de un intenso escrutinio. Este es un análisis en profundidad de la imprevisibilidad tóxica, la vulnerabilidad autoinfligida y la apremiante cuestión de por qué una acción multilateral fiable es hoy más vital que nunca.
Guerra energética y política del ego: cuando el unilateralismo incendia el mundo
Quienes consideren Oriente Medio en marzo de 2026 como un laboratorio político y económico reconocerán en los sucesos del estrecho de Ormuz un ejemplo paradigmático de una lección. No se trata solo del petróleo, los precios del gas o los índices bursátiles. Se trata de la cuestión estructural de cómo una política exterior egoísta y descoordinada desestabiliza los sistemas globales basados en la confianza colectiva. Los verdaderos socios coinciden en su enfoque y no exigen cambios cuando su propio camino fracasa. Esto se aplica tanto a gran como a pequeña escala.
La montaña rusa política y sus consecuencias para los mercados de capitales
Los inversores en las bolsas internacionales presenciaron a principios de semana un espectáculo cuyo dinamismo refleja la actual situación geopolítica. El índice bursátil alemán DAX cayó inicialmente un 2,3%, para luego recuperarse y cerrar con una ganancia diaria del 1,2%, situándose en 22.653 puntos. Desde el inicio de la guerra Irán-Irak a finales de febrero, el DAX ha perdido más del 11% en total, una pérdida que ha anulado con creces todas las ganancias obtenidas a principios de año.
El detonante de esta volatilidad del mercado fue, como suele ocurrir en esta época, un tuit o un mensaje en la plataforma TruthSocial. El presidente estadounidense Donald Trump había emitido un ultimátum de 48 horas al régimen iraní: o Irán abría completamente el estrecho de Ormuz sin amenazas, o Estados Unidos atacaría y destruiría las centrales eléctricas iraníes, comenzando por las más grandes. Teherán respondió de inmediato con contraamenazas: el cierre total del estrecho y ataques contra las instalaciones energéticas de los estados del Golfo.
El punto de inflexión llegó unas horas después. Trump extendió su ultimátum cinco días más tras lo que él describió como conversaciones muy buenas y productivas sobre un cese total y definitivo de las hostilidades. El Departamento de Defensa recibió instrucciones de abstenerse de atacar la infraestructura energética iraní por el momento. Poco después, el régimen de Teherán anunció que no estaba manteniendo conversaciones con Estados Unidos. Esta contradicción entre el anuncio de Trump y la versión iraní no es casual, sino deliberada. Ilustra cómo una estrategia de negociación basada en amenazas, escalada y posterior retirada no solo no produce resultados duraderos, sino que además socava sistemáticamente la credibilidad del actor involucrado.
La reacción del mercado resulta particularmente reveladora. El hecho de que la mera sugerencia de un cambio de rumbo pueda provocar que el DAX suba o baje más de tres puntos porcentuales demuestra hasta qué punto los mercados dependen del estado de ánimo político de un único responsable de la toma de decisiones. Esta dependencia no solo es económicamente irracional, sino también estructuralmente peligrosa. La seguridad en la inversión y la planificación, fundamento de toda decisión empresarial, se ve sistemáticamente socavada por estas fluctuaciones políticas.
El cuello de botella de la economía global y su dimensión estratégica
El estrecho de Ormuz es mucho más que un simple cuello de botella geográfico. Es la principal arteria del suministro energético mundial. En su punto más angosto, mide tan solo 33 kilómetros de ancho, y por él transitan diariamente alrededor de 20 millones de barriles de petróleo crudo, lo que representa aproximadamente el 20 % del consumo mundial de petróleo. Además, transporta cerca de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado, procedente principalmente de Qatar.
Desde el inicio del conflicto, importantes navieras como Hapag-Lloyd y Maersk han suspendido todos sus viajes por la región. Hapag-Lloyd impuso un recargo por riesgo de guerra de 1500 dólares por contenedor estándar y de 3500 dólares por contenedor refrigerado, mientras que ambas compañías comenzaron a desviar sus buques rodeando el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. Estos desvíos alargan significativamente los tiempos de tránsito y aumentan los costos en toda la cadena de suministro. Varias aseguradoras marítimas importantes han retirado su cobertura contra riesgos de guerra en la región, lo que agrava aún más la situación para el comercio.
Esta reacción en cadena logística explica por qué el daño se extiende mucho más allá de los precios inmediatos de la energía. El estrecho de Ormuz transporta no solo petróleo y gas, sino también fertilizantes, azufre y helio. Una interrupción de estos flujos afectaría a la agricultura, la industria de semiconductores y muchos otros sectores que dependen de estas materias primas. Por lo tanto, es difícil subestimar los efectos económicos de un conflicto prolongado en esta región.
La mayor amenaza energética de la historia: el veredicto de Birol
Fatih Birol, el director de 68 años de la Agencia Internacional de Energía (AIE), ha causado revuelo con una contundente advertencia pública. Durante mucho tiempo se había abstenido de hacer declaraciones directas sobre la situación geopolítica. Ahora ha roto su silencio de forma enfática. Quería advertir al mundo, dijo en Sídney, porque no tenía la impresión de que los responsables políticos hubieran comprendido aún la magnitud del problema que enfrenta el mundo.
Birol establece una comparación histórica que ilustra la gravedad de la situación. Durante las dos grandes crisis petroleras de la década de 1970, el mundo perdió aproximadamente cinco millones de barriles de crudo al día. Ahora, la escasez mundial ronda los once millones de barriles diarios, más que las pérdidas combinadas de las dos grandes crisis petroleras de la década de 1970. La crisis actual supera, por lo tanto, incluso las traumáticas crisis de 1973 y 1979 para la economía mundial. La magnitud de la crisis del gas es aún más dramática: las pérdidas en Oriente Medio ascienden a unos 140.000 millones de metros cúbicos, casi el doble de la cantidad perdida tras la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Ante el aumento de los precios, la AIE decidió a mediados de marzo liberar 426 millones de barriles de petróleo de las reservas estratégicas de sus 32 países miembros. Esta es la sexta liberación de emergencia en los más de 50 años de historia de la organización y, con diferencia, la mayor, más del doble de la cantidad liberada tras la invasión rusa de Ucrania. Al mismo tiempo, Birol dejó claro que podrían adoptarse medidas adicionales: se están llevando a cabo consultas con gobiernos de Asia y Europa; el 80% de las reservas aún están disponibles. La AIE también recomienda medidas drásticas de ahorro energético por parte de la demanda: límites de velocidad, teletrabajo obligatorio y reducción de la conducción. Incluso si la situación se calmara, los yacimientos paralizados no podrían reactivarse hasta dentro de seis meses.
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Resiliencia en lugar de dependencia: estrategias para cadenas de suministro y suministro de energía robustas
El shock inflacionario y sus consecuencias para Europa
Las consecuencias económicas del alza vertiginosa de los precios de la energía ya se hacen sentir en el día a día de los consumidores europeos. Desde el inicio de la guerra Irán-Irak, el precio del petróleo ha superado en ocasiones los 120 dólares por barril, mientras que el precio de la gasolina casi se ha duplicado en algunas regiones. En Alemania, los efectos se notan directamente en las gasolineras: la gasolina, el diésel y el gasóleo para calefacción se han encarecido considerablemente, y ahora es habitual encontrar precios superiores a los dos euros por litro.
El Instituto de Investigación Macroeconómica y del Ciclo Económico (IMK) predice que la crisis de los precios de la energía provocada por la guerra con Irán elevará la tasa de inflación en Alemania significativamente por encima del 2,5 % en el primer y segundo trimestre de 2026. Esto plantea al Banco Central Europeo (BCE) un dilema clásico: si sube los tipos de interés para frenar la inflación, agravará la ya debilitada economía; si permite que la inflación siga su curso, corre el riesgo de perder credibilidad. Además, según los analistas económicos, Europa ya se enfrenta a una triple presión: la de la política comercial estadounidense, la desestabilización rusa en el sector energético y la competencia china.
El DAX alcanzó su nivel más bajo desde mayo de 2025 en la tercera semana de la crisis, con una caída del 4,55 %. Si bien la gran mayoría de las empresas sufrieron pérdidas, hubo algunas ganadoras: las acciones de Deutsche Börse subieron casi un 9 % solo en la tercera semana, impulsadas por la volatilidad que benefició el negocio principal de la plataforma de negociación. Esta es una de las ironías más amargas de la situación actual: la falta de planificación y la volatilidad, generadas por la inestabilidad política, crean especuladores en el sistema financiero, mientras que la economía real y los hogares privados son quienes pagan las consecuencias.
La política exterior de Trump como un riesgo económico
Los sucesos en torno al estrecho de Ormuz no son un incidente aislado, sino que se enmarcan en un patrón claramente reconocible de la política exterior de Trump. Trump define explícitamente la desestabilización de socios comerciales y adversarios como un elemento central de su estrategia. Esta imprevisibilidad puede brindar ventajas tácticas a corto plazo, pero destruye la confianza institucional de la que dependen el comercio, la inversión y la cooperación internacional.
La política comercial de Trump se caracteriza por el mismo principio. Con aranceles que no se veían desde la década de 1930, la administración Trump ha tensado gravemente las relaciones comerciales con todos los principales socios de Estados Unidos. Un análisis de la Fundación Konrad Adenauer señala que estos aranceles han generado ingresos récord, pero están frenando permanentemente el crecimiento, aumentando el desempleo y amplificando los efectos inflacionarios. En cuanto a las relaciones transatlánticas, Trump considera las alianzas clave desde una perspectiva estrictamente transaccional, lo que ha perjudicado significativamente la popularidad de Estados Unidos entre la población de la UE. Investigadores económicos alemanes identifican el unilateralismo agresivo de Estados Unidos como el primero de tres desafíos geoeconómicos clave para Alemania, junto con la disminución de la demanda mundial y el acceso incierto a las materias primas.
El problema fundamental reside en la naturaleza de la política exterior que no se basa en la colaboración. Un socio que celebra acuerdos, los respeta y busca soluciones mediante el diálogo genera previsibilidad. Un actor que amenaza por la mañana, cede al mediodía y vuelve a intensificar la situación por la noche crea lo contrario: incertidumbre estructural en la planificación. Esta situación es perjudicial para las empresas que deben tomar decisiones de inversión a largo plazo. En tales condiciones, resulta imposible responder a la pregunta de si una cadena de suministro a través del estrecho de Ormuz seguirá funcionando dentro de seis meses.
Deutschlandfunk lo resume con precisión: Trump está invirtiendo la relación entre economía y política. Está instigando guerras comerciales, especialmente con países que antes eran socios cercanos de Estados Unidos, mientras que, simultáneamente, negocia con dictaduras y estados terroristas. Esto no describe una estrategia coherente para fortalecer la economía estadounidense, sino más bien el desmantelamiento sistemático del orden basado en normas en favor de ventajas tácticas a corto plazo.
La vulnerabilidad autoinfligida de Alemania
En este contexto global, Birol centra su atención especialmente en Alemania. La acusación del director de la AIE no es nueva, pero cobra especial relevancia en la crisis actual. Alemania cometió un grave error estratégico al cerrar sus centrales nucleares. Lleva casi 20 años reivindicando este error, según declaró al Frankfurter Allgemeine Zeitung. La situación no sería tan crítica hoy si Alemania aún contara con las centrales nucleares.
Esta crítica tiene una larga historia. Ya en 2024, Birol describió el abandono gradual de la energía nuclear en Alemania como un error histórico que afectaría negativamente al suministro eléctrico y limitaría las oportunidades de reducción de emisiones. El canciller Friedrich Merz (CDU) también calificó el abandono nuclear como un grave error estratégico y abogó por la reactivación de los reactores desmantelados y la construcción de minirreactores modulares. El propio Birol ve un considerable potencial en estos denominados pequeños reactores modulares (SMR, por sus siglas en inglés) a medio plazo y prevé que lleguen al mercado a principios de la década de 2030.
La lógica económica que subyace a esta crítica es clara: la energía nuclear proporciona un suministro eléctrico prácticamente independiente y geopolíticamente resiliente. No depende del gas natural licuado del Golfo Pérsico, ni de los gasoductos rusos, ni de las condiciones meteorológicas para la energía eólica y solar. Un país que renuncia voluntariamente a esta resiliencia se vuelve estructuralmente vulnerable en tiempos de crisis. Alemania es actualmente un claro ejemplo de cómo una política energética con motivaciones ideológicas conduce a la vulnerabilidad económica.
La comparación histórica que hace Birol con las crisis petroleras de la década de 1970 también incluye un aspecto constructivo: las crisis de entonces obligaron a la industria a lograr enormes mejoras en la eficiencia. El consumo de gasolina en los automóviles se redujo a la mitad como reacción directa a la crisis del petróleo. Estos ajustes son posibles cuando existe voluntad política y se dan las condiciones adecuadas. La cuestión es si la crisis actual generará la presión necesaria para la reforma o si, como ocurrió tras la crisis del precio de la gasolina de 2022, la situación simplemente volverá a la normalidad una vez que la crisis aguda remita.
Lecciones estructurales para una política económica más resiliente
¿Qué lecciones podemos extraer de esta acumulación de acontecimientos? En primer lugar, y esta es la conclusión principal: la estabilidad económica mundial es un bien colectivo. Surge de la acción coordinada, de instituciones basadas en normas y del respeto mutuo a los acuerdos. Quien socava este fundamento destruye la base de su propia capacidad económica. La era de Trump es un claro ejemplo de ello. Aranceles que frenan el crecimiento. Amenazas que desestabilizan los mercados. Ultimátums que se retiran. El resultado es una economía que, si bien se mantiene sólida, no cumple con la prometida era dorada.
En segundo lugar, la crisis actual demuestra lo peligrosas que son las dependencias monocausales en el suministro energético. Ya sea la dependencia del gas de Rusia en 2022 o la dependencia del corredor de Ormuz en la actualidad, la seguridad energética implica diversificar las fuentes, las rutas de transporte y los vectores energéticos. Quienes renuncian a esta diversificación por motivos económicos o convicciones ideológicas pagan un precio mucho más alto en una crisis.
En tercer lugar, el comportamiento de los mercados financieros en marzo de 2026 subraya la necesidad de gestionar el riesgo geopolítico. Las empresas que basaron su planificación de inversiones y cadenas de suministro en la suposición de condiciones geopolíticas estables se encuentran en una posición estructuralmente débil. La planificación de escenarios, la diversificación geográfica de las cadenas de suministro y estrategias de inventario más sólidas no son una precaución excesiva, sino una necesidad económica en un mundo que se ha vuelto estructuralmente más impredecible.
En cuarto y último lugar, surge la cuestión del contrapeso institucional. La AIE demostró una impresionante capacidad de acción colectiva al liberar 426 millones de barriles de petróleo. La coordinación de 32 Estados en una medida de emergencia unánime dio resultado. Esto demuestra que las instituciones multilaterales no son irrelevantes en una crisis; son indispensables. Especialmente frente a un actor que ha elevado el unilateralismo a la categoría de doctrina política, fortalecer dichas instituciones es la respuesta a largo plazo más importante que Europa y el resto del mundo pueden ofrecer.






















