Karl Lauterbach y la petición del próximo estado de emergencia: Cuando la dramaturgia de la crisis se convierte en un modelo de negocio político
Versión preliminar de Xpert
Selección de idioma 📢
Publicado el: 18 de mayo de 2026 / Actualizado el: 18 de mayo de 2026 – Autor: Konrad Wolfenstein

Karl Lauterbach y el llamamiento a la próxima declaración del estado de emergencia: Cuando la dramaturgia de la crisis se convierte en un modelo de negocio político – Imagen: Xpert.Digital
De ministro de la pandemia a profeta del clima: La estética de la crisis perpetua: Cómo Karl Lauterbach está utilizando el cambio climático en su beneficio
¿El cambio climático como la próxima “pandemia”? El controvertido plan de la OMS y los obstáculos legales
Karl Lauterbach regresa a la escena internacional, no como gestor de pandemias, sino como miembro destacado de una nueva comisión de expertos de la OMS. Su exigencia principal, de gran impacto: que la Organización Mundial de la Salud declare la crisis climática como una emergencia sanitaria mundial del máximo nivel de alerta. Si bien el alarmante número de muertes por calor extremo y contaminación atmosférica es científicamente indiscutible y exige un cambio de rumbo inmediato, la implementación legal y retórica de esta exigencia está generando críticas. ¿Está justificada médica y legalmente la petición de una nueva emergencia mundial, o se trata más bien del modelo político de un hombre que domina la dramaturgia de una crisis como nadie? Este artículo examina la compleja tensión entre los datos sanitarios genuinos y válidos, los obstáculos legales insuperables y la cuestión de cuánto alarmismo puede tolerar el debate climático.
Karl Lauterbach y la petición de un nuevo estado de emergencia: De ministro de la pandemia a profeta del clima
Karl Lauterbach vuelve a estar en el punto de mira. Esta vez no como el ministro de Sanidad en funciones, que publicaba diariamente gráficos sobre el coronavirus en Twitter, sino como miembro de una comisión de once expertos de la OMS que ha formulado una exigencia de trascendencia política mundial: que la Organización Mundial de la Salud clasifique la crisis climática como una emergencia sanitaria mundial, al nivel de alerta más alto declarado al inicio de la pandemia de Covid. Lo que a primera vista parece una petición científicamente sólida revela, tras un análisis más detenido, varias capas: una fáctica, una legal, una política y otra que dice mucho sobre el propio Karl Lauterbach.
La alarma y su autor: ¿Quién está detrás del informe?
La exigencia proviene de la denominada Comisión Paneuropea sobre Clima y Salud (PECCH), creada en junio de 2025 por la oficina europea de la OMS en Reikiavik. La comisión está presidida por la ex primera ministra islandesa Katrín Jakobsdóttir y está integrada por 13 ex jefes de gobierno, ministros y representantes de la sociedad civil de toda la región paneuropea de la OMS, que abarca 53 países. Entre sus miembros se encuentran Lauterbach y la ex comisaria europea de Clima, la danesa Connie Hedegaard. El 17 de mayo de 2026, justo antes de la Asamblea Mundial de la Salud anual en Ginebra, la comisión presentó un informe de 54 páginas en el que exigía nada menos que la declaración formal del cambio climático como una emergencia de salud pública de importancia internacional.
El propio Lauterbach hizo hincapié en la urgencia ante la Agencia de Prensa Alemana: La OMS debe dedicar más atención a la lucha contra la crisis climática; esperar no tiene sentido mientras la catástrofe se desarrolla. Como base para su declaración, se refirió al hallazgo científico de que solo en Europa, 600.000 muertes son causadas anualmente por la quema de combustibles fósiles y otras 60.000 por olas de calor. Estas cifras coinciden en gran medida con estudios independientes: En el verano récord de 2024, según cálculos del Instituto de Salud Global Barcelona (ISGlobal), publicados en Nature Medicine, más de 62.700 personas en Europa murieron por calor extremo, alrededor de un 25% más que el año anterior. En tres veranos consecutivos, el número total de muertes relacionadas con el calor superó las 181.000. Según la OMS, el número de muertes debidas a la contaminación atmosférica por combustibles fósiles en toda la región europea fue de alrededor de 569.000 muertes prematuras solo en 2019.
Por lo tanto, la base científica es sólida; no cabe duda alguna. El cambio climático está matando, y ya lo está haciendo hoy, no solo en un futuro lejano.
Situación de los datos: ¿Dónde se justifica la alarma?
Las consecuencias del cambio climático para la salud no son una hipótesis, sino una realidad verificable. Europa se calienta al doble de velocidad que el promedio mundial, lo que convierte a la región paneuropea en el continente que se calienta más rápidamente en la Tierra. En el verano de 2024, con aproximadamente 6300 muertes relacionadas con el calor, Alemania fue el tercer país más afectado después de Italia (más de 19 000) y España (más de 6700). Si bien Alemania, con 74 muertes relacionadas con el calor por millón de habitantes, se queda muy por detrás de Grecia (574 por millón) al ajustar por densidad de población, la tendencia es clara: la mortalidad relacionada con el calor está aumentando y, con ella, la presión sobre los sistemas de salud para que se adapten.
A nivel mundial, el uso de combustibles fósiles provoca más de cinco millones de muertes anuales, según un estudio realizado con la participación del Instituto Max Planck de Química. La propia OMS ha reconocido el cambio climático como una amenaza para la salud mundial desde hace años, y la Asamblea General de la OMS lo incluyó como prioridad estratégica en su programa de trabajo 2025-2028. En su opinión consultiva de julio de 2025, la Corte Internacional de Justicia reconoció el derecho humano a un medio ambiente sano y aclaró que todos los Estados están obligados por el derecho internacional a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. La convergencia de la ciencia, el derecho y las políticas de salud en este tema es notable.
Las 17 recomendaciones formuladas por el PECCH en cuatro áreas —el cambio climático como amenaza creciente para la seguridad sanitaria, la transformación de los sistemas de salud, el fortalecimiento de la acción local y la reforma de los sistemas económicos y financieros— son sólidas y coherentes con el consenso científico. Incluyen, entre otras cosas, la capacitación obligatoria para los profesionales de la salud en el ámbito del clima y la salud, normas de adquisición respetuosas con el clima para la atención médica y el establecimiento de un centro de información de la OMS sobre clima y salud.
El obstáculo legal: ¿Una emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII) para el cambio climático?
La exigencia central de la Comisión de clasificar la crisis climática como una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII) se enfrenta a un importante obstáculo jurídico. El Reglamento Sanitario Internacional (RSI), marco jurídico internacional vinculante para este tipo de declaraciones, se aplica a 196 Estados Partes y define una ESPII como un evento excepcional que supone un riesgo para otros Estados debido a la propagación internacional de una enfermedad y que puede requerir una respuesta internacional coordinada. Las seis ESPII declaradas hasta la fecha —incluidas la gripe H1N1 (2009), el ébola y la COVID-19— fueron todas enfermedades infecciosas agudas de propagación internacional.
Cuando se le preguntó si estos criterios eran aplicables al cambio climático, la OMS lo negó sistemáticamente. Un portavoz de la OMS declaró que la crisis climática lleva décadas en curso y es una crisis global crónica; por lo tanto, no se cumplen los requisitos técnicos para la declaración de una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII). La propia normativa de la OMS simplemente no contempla que una amenaza estructural y progresiva pueda declararse emergencia aguda en virtud del Reglamento Sanitario Internacional (RSI). Si bien las enmiendas al RSI, que introdujeron un nuevo nivel de emergencia pandémica, entraron en vigor en septiembre de 2025, esta sigue reservada para eventos epidemiológicos.
Más de 200 revistas científicas, entre ellas The Lancet y el British Medical Journal, ya habían formulado una petición idéntica en 2023, sin éxito. Esto subraya que la petición de la comisión sobre la emergencia de salud pública de importancia internacional no es una propuesta nueva, sino una reiteración de una postura ya conocida y rechazada por la propia OMS. El valor simbólico de esta petición supera con creces su fundamento jurídico. De todos modos, declarar una emergencia de salud pública no tendría ningún impacto concreto, ya que la OMS no puede dictar a ningún país qué medidas debe adoptar; esa es una decisión que cada país toma por sí mismo.
El método de Lauterbach: La estética de la crisis perpetua
Considerado de forma aislada, este episodio constituye una contribución legítima, aunque legalmente cuestionable, al debate sobre políticas de salud. Sin embargo, al analizarlo en el contexto de la trayectoria política de Karl Lauterbach, adquiere una dimensión diferente. Desde el inicio de la pandemia de COVID-19, Lauterbach ha sido, sin duda, el comunicador político más destacado de Alemania en materia de salud, y su comunicación sigue un patrón reconocible: la dramatización sistemática. Como casi ningún otro político, estuvo en el ojo público durante la pandemia y fue visto repetidamente como una voz de cautela, exigiendo estrictas medidas de protección; esta prominencia finalmente lo llevó al Ministerio Federal de Salud.
Fue Lauterbach quien dominó el debate público durante la pandemia a través de programas de entrevistas y Twitter; se le considera uno de los políticos más activos en las redes sociales. Sus advertencias solían ser directas, a veces dramáticas, y en ocasiones se alejaban del consenso científico. En retrospectiva, él mismo admitió que algunas medidas contra el coronavirus habían sido un disparate, como el uso obligatorio de mascarillas al correr al aire libre o el cierre prolongado de escuelas y guarderías. El cierre de escuelas y guarderías resultó ser un error, ya que la suposición de que se convertirían en focos de contagio no se confirmó.
Esta autocrítica retrospectiva plantea una pregunta fundamental: ¿Cuánto de las declaraciones públicas de Lauterbach se basa en el conocimiento científico y cuánto en cálculos políticos? Las revelaciones de 2024 ofrecen un material ilustrativo importante para responder a esta pregunta. Las investigaciones del Süddeutsche Zeitung, la NDR y la WDR, basadas en correos electrónicos internos, demostraron que Lauterbach, como Ministro de Salud, bloqueó personalmente durante meses a principios de 2022 la rebaja de la evaluación de riesgo de la COVID-19 por parte del Instituto Robert Koch, en contra del asesoramiento científico de su propio organismo. Un político del FDP lo acusó de ignorar por completo todos los hechos y las opiniones de los expertos con total arrogancia, mientras que otro crítico habló de oportunismo personal más que de orientación científica.
La cuestión del oportunismo: la crisis como vehículo para la carrera profesional
Karl Lauterbach no es solo médico y epidemiólogo. Posee un doctorado en medicina, una maestría y un doctorado en Ciencias de la Salud Pública por la Escuela de Salud Pública de Harvard, donde ha sido profesor adjunto desde 2008. Su trayectoria académica es impresionante. Ha sido miembro del Bundestag por el SPD (Partido Socialdemócrata) desde 2005. Su ascenso al cargo ministerial se debió a la energía que generó como invitado en programas de entrevistas y en Twitter durante la pandemia. Su nombramiento como Ministro de Salud a finales de 2021 fue, en cierto modo, la culminación institucional de una carrera pública marcada en gran medida por sus advertencias sobre el coronavirus.
Tras finalizar su mandato como Ministro Federal de Sanidad en la primavera de 2025, Lauterbach se enfrenta a la clásica pregunta política: ¿Cómo mantenerse vigente? La respuesta que sugiere su participación en la comisión de la OMS es: conectándose con la próxima gran crisis. El cambio climático se presenta como una oportunidad ideal. Es real, científicamente innegable, tiene consecuencias para la salud y permite emplear el mismo estilo comunicativo que lo hizo famoso: el énfasis dramático en la necesidad urgente de actuar, las advertencias contra la supuesta indiferencia de la clase política y su posicionamiento como una voz solitaria de alerta en el desierto de la inacción.
Este hallazgo no es automáticamente negativo. Es perfectamente legítimo dedicarse a asuntos de interés personal tras dejar el cargo ministerial. Y aportar la propia experiencia a organismos internacionales de forma voluntaria —Lauterbach recalcó explícitamente que el trabajo de la comisión no es remunerado— es ejemplar. La cuestión, sin embargo, es si el carácter radical de la exigencia de la PHEIC está científicamente justificado o si su principal objetivo es generar atención. La propia OMS ha rechazado reiteradamente esta exigencia; carece de fundamento jurídico, e incluso si la declaración fuera formalmente posible, no tendría efecto vinculante para los Estados miembros.
Nuestra experiencia en la UE y Alemania en desarrollo empresarial, ventas y marketing

Nuestra experiencia en la UE y Alemania en desarrollo empresarial, ventas y marketing - Imagen: Xpert.Digital
Áreas de enfoque de la industria: B2B, digitalización (de IA a XR), ingeniería mecánica, logística, energías renovables e industria
Más información aquí:
Un centro temático que ofrece información y experiencia:
- Plataforma de conocimiento que abarca las economías globales y regionales, la innovación y las tendencias específicas de la industria
- Una colección de análisis, perspectivas e información de fondo de nuestras áreas de enfoque clave
- Un lugar para la experiencia y la información sobre los avances actuales en negocios y tecnología
- Un centro para empresas que buscan información sobre los mercados, la digitalización y las innovaciones de la industria
Entre la alarma y la responsabilidad: cómo Lauterbach pone en riesgo su credibilidad
La tensión entre las cifras reales y el encuadre falso
Lo que complica el análisis del papel de Lauterbach en este debate es la solidez de los datos subyacentes. Las 600.000 muertes por combustibles fósiles en Europa, a las que se refiere, no son producto de la imaginación. La propia OMS cifra en más de 569.000 el número de muertes prematuras por contaminación atmosférica en su región europea solo en 2019. La Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) cita cifras similares. Las aproximadamente 62.700 muertes relacionadas con el calor en Europa durante el verano de 2024 están documentadas en un estudio revisado por pares publicado en Nature Medicine. Europa se está calentando y las consecuencias para la salud son cuantificables y mortales.
El problema no reside en las cifras, sino en la forma de presentarlas. La contaminación atmosférica derivada de los combustibles fósiles no es lo mismo que el cambio climático en sentido estricto. Las 600.000 muertes se deben principalmente a las emisiones directas de partículas y óxidos de nitrógeno, un problema que existe en gran medida independientemente del calentamiento global y que se conoce desde hace décadas. Se trata de un problema de salud pública enorme y solucionable, con su propia urgencia política, pero es un problema distinto al cambio climático en sí, aunque ambos tengan la misma causa (los combustibles fósiles). La confusión retórica que se genera bajo el término "pandemia climática" mezcla dos cadenas causales conceptualmente distintas, lo que fomenta más la emoción que la claridad.
Además, la Comisión argumenta que el marco actual del RSI simplemente no está diseñado para amenazas crónicas e insidiosas, precisamente el problema que pretende abordar una declaración de Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII). Si bien esto es intelectualmente honesto, también pone de manifiesto que la exigencia constituye un error categórico: solicita la aplicación de un instrumento que, por definición, está reservado para eventos agudos a una crisis crónica, y lo justifica alegando que dicho instrumento es inadecuado. La consecuencia más lógica sería una reforma del propio instrumento de ESPII o la creación de un nuevo marco jurídico para las amenazas crónicas a la salud, y no una declaración que exagere los criterios existentes.
La relación de Lauterbach con la ciencia: Práctica selectiva basada en la evidencia
Un patrón recurrente en la actividad política de Lauterbach es lo que sus críticos denominan formulación selectiva de políticas basada en evidencia. Se presenta constantemente como un científico-político que defiende una política basada en hechos, y fue precisamente por esta razón que se enfrentó a la industria farmacéutica y otros grupos de interés. En retrospectiva, se describió a sí mismo como un azote para los lobistas y recalcó que los mantuvo a distancia, buscando en cambio el diálogo con los científicos. Al mismo tiempo, existen casos documentados en los que instrumentalizó políticamente instituciones científicas —en particular el Instituto Robert Koch (RKI)— o ignoró sus recomendaciones.
Otro episodio de la pandemia ilustra este patrón: Lauterbach se comunicó repetidamente en Twitter con una precisión y un dramatismo que superaban el conocimiento científico de su época, y ocasionalmente se corrigió sin aspavientos. Esto creó la impresión, tanto en el público como en la comunidad científica, de que el mensaje era más importante que su rigor epistémico. El Berliner Kurier lo citó diciendo que algunas medidas contra el coronavirus habían sido un disparate; una autocrítica sorprendentemente sincera, pero que también demuestra claramente la gran distancia que existía entre la afirmación de seguridad comunicada y la incertidumbre real.
En el debate climático actual, este patrón se repite, aunque transformado. La afirmación de que el cambio climático es una pandemia es una analogía, no un diagnóstico. Tiene valor retórico, pero es epistémicamente vaga. El cambio climático no se transmite de persona a persona, no tiene periodo de incubación ni caso índice. Los instrumentos de control de pandemias —cuarentena, cierre de escuelas, prohibición de reuniones— no son aplicables al cambio climático. La declaración de Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII) para la COVID-19 provocó consecuencias institucionales concretas. ¿Qué consecuencias institucionales concretas espera Lauterbach de una ESPII climática que la propia OMS considera que no cumple con sus propias normas?
La perspectiva institucional: lo que realmente hace la OMS
Sería injusto juzgar el informe PECCH y el compromiso de Lauterbach únicamente en función de si su principal exigencia —la declaración de Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII)— es factible. El informe abarca mucho más que esta única exigencia. La Asamblea General de la OMS ya ha incluido el cambio climático como prioridad estratégica en su programa de Seis Objetivos para el período 2025-2028. La propia oficina de la OMS en Europa designó a la comisión y promovió activamente su informe. El director regional de la OMS, Hans Henri P. Kluge, declaró en la presentación del informe que el cambio climático es un riesgo para la seguridad, una emergencia sanitaria y una bomba de relojería económica, todo en uno, y que los gobiernos están subvencionando los combustibles que causan la crisis climática y las consiguientes consecuencias para la salud por valor de miles de millones.
Las 17 recomendaciones del informe son operativas y concretas: integrar la protección del clima en los consejos de seguridad nacional, la formación continua obligatoria en el sector sanitario, normas de contratación pública respetuosas con el clima, un Centro de Información Climática de la OMS con verificación de datos y la evaluación periódica bienal de la resiliencia climática de los sistemas nacionales de salud. No se trata de exigencias ideológicas, sino de medidas prácticas que responden al consenso científico y plantean serios retos para los Estados miembros de la OMS. Por lo tanto, el verdadero valor del informe reside en estas recomendaciones, no en la exigencia de una emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII), que acapara la atención mediática por ser la que establece el vínculo narrativo más sólido con la pandemia.
Impacto mediático versus sustancia política: un problema estructural
El problema, ejemplificado por el caso Lauterbach, no es individual, sino estructural, propio de las políticas sanitarias modernas. Una sociedad que comunica cada vez más públicamente los riesgos para la salud y los debate en las redes sociales necesita comunicadores capaces de traducir la complejidad científica a un lenguaje comprensible para el público. Lauterbach, sin duda, posee un talento excepcional en este sentido. Cuenta con el rigor académico, la agudeza retórica y la presencia mediática que requiere un comunicador de este calibre.
El problema estructural radica en la tensión inherente entre comunicar urgencia y comunicar matices. Quienes constantemente dan la voz de alarma terminarán siendo tratados como el pastorcillo que gritó "¡Que viene el lobo!" demasiadas veces, incluso cuando el lobo realmente aparece. La credibilidad que se perdió temporalmente durante la pandemia, debido a las evaluaciones de riesgo y las recomendaciones de acción inconsistentes, es difícil de recuperar. Y el debate climático necesita desesperadamente precisamente esta credibilidad, porque lucha contra la negación o la trivialización, bien organizadas y financiadas.
Si la demanda de la Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII) se interpreta como un gesto simbólico —un intento de alterar retóricamente el marco institucional de la OMS para señalar la urgencia—, entonces se trata de una maniobra táctica comprensible en un debate donde la atención pública es un recurso escaso. Sin embargo, si se presenta como una propuesta política seria con consecuencias institucionales reales, resulta engañosa, ya que sugiere una posible respuesta que simplemente no existe, ni legal ni institucionalmente.
La imagen de un político reflejada en sus crisis
Karl Lauterbach encarna un tipo de político moderno que adquiere relevancia no mediante juegos de poder partidistas ni cálculos de coaliciones, sino a través de su capacidad para identificar crisis, definirlas y transformarlas en energía política. Esto no es una debilidad; es una competencia genuina, y en un momento en que las instituciones políticas pierden cada vez más la confianza pública, es incluso una competencia necesaria.
Su crítico dirá: Lauterbach busca su siguiente etapa, que le brindó la pandemia del coronavirus. Utiliza el tema del cambio climático para aumentar su visibilidad pública porque, como simple diputado sin cargo ministerial, corre el riesgo de pasar desapercibido. Su defensor replicará: Un epidemiólogo con doctorado y profesor en la Escuela de Salud Pública de Harvard, que participa como voluntario en una comisión designada por la OMS y formula una advertencia científica prácticamente indiscutible basada en datos sólidos, está haciendo exactamente lo que se esperaría de un político experto e informado.
Ambas perspectivas son válidas. La verdad, como suele ocurrir, reside en la intersección de ambas. Lauterbach no es un hipócrita que no cree en lo que dice. Es un político cuyas convicciones personales y su estilo comunicativo se refuerzan mutuamente: busca crisis porque cree que son reales; y cree que son reales porque las busca. Esta lógica de retroalimentación positiva es comprensible desde una perspectiva humana, políticamente productiva y analíticamente problemática.
La dimensión económica: costes de la acción y costes de la inacción
Lo que el informe de la Comisión —y, por ende, también Lauterbach— subraya enfáticamente es la ecuación económica fundamental de los costos del cambio climático. Los costos de la inacción superan con creces los costos de la mitigación y la adaptación tempranas. Los subsidios a los combustibles fósiles, que financian la crisis climática a la vez que sobrecargan los sistemas de salud, representan una doble carga para los presupuestos públicos. Internalizar las externalidades sanitarias de los combustibles fósiles —es decir, incorporar los costos sanitarios de 600 000 muertes por contaminación atmosférica y 60 000 muertes relacionadas con el calor en los precios de los combustibles fósiles— alteraría drásticamente el equilibrio económico a favor de las energías renovables.
La Comisión sostiene que el producto interno bruto (PIB), como indicador de progreso, necesita una reforma fundamental: contabiliza el consumo de combustibles fósiles como producción económica sin considerar los costos sanitarios de la contaminación atmosférica, la carga económica de los desastres climáticos ni el bienestar de las generaciones futuras. Esta crítica a la medición actual del PIB no es una postura académica marginal, sino que se encuentra presente en los debates sobre política económica de la OCDE, el Banco Mundial y un número creciente de oficinas nacionales de estadística. Un indicador de bienestar que ignora sistemáticamente las externalidades sanitarias distorsiona las decisiones de política económica, favoreciendo actividades que maximizan la producción a corto plazo y externalizan las cargas sanitarias a largo plazo.
Aquí reside la parte más sustancial del informe de la Comisión, que ha recibido la menor atención mediática: el llamamiento a reorientar los flujos de inversión, alejándolos de las subvenciones a los combustibles fósiles y dirigiéndolos hacia sistemas sanitarios, transporte público y sistemas alimentarios sostenibles y resilientes al clima. Este llamamiento tiene mayor peso político y económico que la declaración de Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII), pero es más difícil de resumir en un titular.
Entre la seriedad genuina y la urgencia fingida
El episodio en torno a la participación de Lauterbach en la política climática de la OMS es difícil de evaluar. El cambio climático no es una invención alarmista; ya está causando muertes, en cifras cuantificables, en Europa y en todo el mundo. La base científica del informe PECCH es sólida, y la mayoría de sus 17 recomendaciones están justificadas y son políticamente viables. La participación de Lauterbach en esta comisión es legítima; su formación académica lo cualifica para este cargo, y el carácter voluntario de su trabajo lo protege de la obvia acusación de enriquecimiento personal.
Lo que invita a un análisis crítico, sin embargo, es el patrón: la elección sistemática del marco más dramático, el vínculo retórico con la pandemia, la exigencia de un instrumento legal que la propia OMS considera inaplicable y que no tendría ningún efecto vinculante. Estas decisiones comunicativas no son neutrales. Sirven para generar atención y conllevan el riesgo de que, si se produce otra discrepancia entre la alarma y la realidad, la confianza en quienes emiten las advertencias se vea aún más dañada, precisamente en el momento en que más se necesita.
Una ciudadanía política madura haría bien en reconocer simultáneamente ambos puntos: que la crisis climática es una grave amenaza para la salud que exige acción política, y que la credibilidad de quienes más advierten depende de la coherencia entre sus afirmaciones y la realidad. Karl Lauterbach es ambas cosas: un científico-político competente con auténtica experiencia y un actor político que ha hecho del drama de la crisis su sello distintivo. Reconocer esta ambivalencia no es un ataque personal contra él, sino un requisito indispensable para un debate público informado sobre la política climática, los riesgos para la salud y la credibilidad de quienes los comunican.
















