Un pozo sin fondo de miles de millones: por qué el presupuesto europeo de 2 billones de euros está fluyendo en la dirección completamente equivocada
Versión preliminar de Xpert
Available in 27 languages 📢
Prefiere Xpert.Digital en GoogleⓘPublicado el: 26 de mayo de 2026 / Actualizado el: 26 de mayo de 2026 – Autor: Konrad Wolfenstein

Un pozo sin fondo de miles de millones: Por qué el presupuesto europeo de 2 billones de euros se está desviando por completo del camino correcto – Imagen: Xpert.Digital
Redistribuir en lugar de generar riqueza: cómo Europa se está desindustrializando con su propio presupuesto récord
El ministro de Hacienda, Merz, ajusta cuentas: El plan radical contra el despilfarro de dinero público en la planificación centralizada europea
Edificios fantasma y lagunas en las pensiones: La escandalosa verdad sobre los miles de millones en subvenciones de la UE
La Unión Europea se enfrenta a un punto de inflexión histórico: se elaborará un presupuesto récord sin precedentes de alrededor de dos billones de euros para el periodo 2028-2034. Sin embargo, quien mire más allá de estas cifras gigantescas reconocerá un problema estructural fatal. En lugar de invertir el dinero en las tecnologías futuras, la competitividad y la defensa que se necesitan con urgencia, la mayor parte amenaza con desaparecer, una vez más, en esquemas de redistribución obsoletos y lagunas en los subsidios ineficientes. Mientras Europa se queda cada vez más rezagada en la carrera global con Estados Unidos y China debido al aumento vertiginoso de los precios de la energía y la progresiva desindustrialización, los grupos de interés nacionales defienden con vehemencia sus privilegios. Políticos y expertos económicos de la talla de Friedrich Merz y Mario Draghi lanzan advertencias urgentes sobre este sistema defectuoso. Los recientes escándalos relacionados con el desvío de miles de millones de euros de la UE en Italia y España demuestran con demasiada claridad que un sistema que distribuye el dinero según principios de planificación centralizada, en lugar de promover la inversión, se convierte en una amenaza existencial para toda la zona económica. ¿Se enfrenta Europa al error más costoso de su historia?
Un continente redistribuye su riqueza y, en el proceso, olvida cómo generarla
Cuando Friedrich Merz pronunció el discurso de apertura el 14 de mayo de 2026 en el Salón de la Coronación del Ayuntamiento de Aquisgrán, con motivo de la entrega del Premio Carlomagno a Mario Draghi, eligió una frase que trascendía la ocasión festiva y abordaba la cuestión fundamental de la política económica europea: «Más de dos tercios de los fondos europeos siguen destinándose a la redistribución y las subvenciones, y el presupuesto se sigue definiendo casi en su totalidad mediante una planificación centralizada con siete años de antelación». No se trata del comentario marginal de un crítico euroescéptico, sino del sobrio diagnóstico del Canciller alemán en una de las ceremonias más simbólicas de la integración europea. La importancia de esta declaración reside no en su originalidad, sino en quien la pronunció y en el momento en que se hizo: justo antes del inicio de la fase crucial de las negociaciones sobre el Marco Financiero Plurianual (MFP) de la UE para el periodo 2028-2034.
El presupuesto de un billón de dólares y sus límites estructurales
En julio de 2025, la Comisión Europea propuso un marco presupuestario de alrededor de dos billones de euros para el período 2028-2034, lo que supone un aumento de aproximadamente 700.000 millones de euros con respecto al presupuesto actual. En términos absolutos, se trata de una cifra histórica. Sin embargo, un análisis más detallado de las cifras revela rápidamente que la cuestión crucial no es cuánto dinero se gasta, sino en qué se gasta. El mayor rubro de la propuesta de la Comisión es, con diferencia, el denominado Fondo de Asociaciones Nacionales y Regionales, que asciende a 865.000 millones de euros; es decir, casi la mitad del presupuesto total se destina a un fondo principalmente destinado a pagos compensatorios por políticas de redistribución regional y cohesión, y no a inversiones que mejoren la productividad.
El problema fundamental de la política presupuestaria de la UE es estructural y va mucho más allá de la actual ronda de negociaciones. Durante décadas, las dos categorías de gasto más importantes —la política agrícola y la política regional— han mantenido prácticamente inalteradas su estructura básica. Ambas áreas siguen una lógica distributiva: quienes cultivan tierras reciben pagos directos; quienes viven en regiones más pobres reciben fondos de cohesión. La cuestión del valor económico añadido queda sistemáticamente relegada a un segundo plano. El diagnóstico de Merz, según el cual el presupuesto de la UE se organiza casi como una economía de planificación centralizada, da en el clavo: los fondos se asignan con siete años de antelación según la lógica de la negociación política, en lugar de reaccionar con flexibilidad a las prioridades cambiantes y a las condiciones del mercado. Desde una perspectiva económica, esto constituye un notable fallo de diseño para un espacio económico que aspira a competir a nivel global.
Como principal potencia económica de la UE, Alemania suele aportar casi una cuarta parte del presupuesto comunitario. Según el presupuesto propuesto de dos billones de euros, esto supondría aproximadamente 500.000 millones de euros en siete años, o más de 70.000 millones de euros anuales procedentes de los ingresos fiscales alemanes. En este contexto, resulta más que comprensible que la cuestión de la eficiencia de esta financiación adquiera una dimensión profundamente nacional y democrática.
La brecha entre innovación y productividad como amenaza real
Para comprender el acalorado debate en torno al presupuesto de la UE, es necesario considerar el panorama general. Durante años, la economía europea ha sufrido una brecha estructural en productividad e innovación con Estados Unidos y China, una brecha que se está convirtiendo cada vez más en un desafío existencial. En el campo de la inteligencia artificial, por ejemplo, el 70 % de todos los modelos de IA a nivel mundial se desarrollan actualmente en Estados Unidos. Europa se enfrenta a mercados fragmentados, la dependencia de proveedores externos de servicios en la nube y una persistente fuga de cerebros. Solo una pequeña fracción de las empresas europeas utiliza actualmente la IA de forma productiva, una cifra muy inferior a los objetivos que la UE se ha fijado para 2030.
Mario Draghi describió esta situación con una agudeza inusual en su informe sobre competitividad, presentado en septiembre de 2024. Estimó las necesidades anuales de inversión de la UE entre 750 y 800 mil millones de euros; a modo de comparación, esto representa más del doble de la ayuda del Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial, medida como porcentaje del PIB de la época. Draghi identificó tres áreas clave de actuación: cerrar la brecha de innovación, descarbonizar y reducir las dependencias relacionadas con la seguridad. El informe contenía 170 propuestas de reforma concretas, una estrategia industrial integral y un llamamiento urgente a Europa para que dejara de invertir y subvencionar de forma fragmentada y por líneas nacionales.
Sin embargo, más de un año después de la publicación del informe, el historial de implementación es desalentador. Según el "Draghi Tracker" de la Joint European Disruptive Initiative (JEDI), la Comisión Europea aún no ha implementado completamente ninguna de las ideas del informe. Apenas el 15 por ciento de las propuestas se encuentran en proceso de implementación, mientras que el 40 por ciento ha avanzado muy poco y otro 45 por ciento ni siquiera se está debatiendo. Un análisis del European Policy Innovation Council (EPIC) arroja una cifra algo más favorable —considerando que alrededor de un tercio de las medidas se han implementado al menos parcialmente—, pero incluso esto, dada la urgencia de los desafíos descritos, difícilmente refleja una decisión firme.
En la ceremonia de entrega del Premio Carlomagno en Aquisgrán, el propio Draghi destacó que, según una encuesta reciente, tres cuartas partes de los europeos deseaban más recursos para que la UE pudiera afrontar los retos futuros. Instó a los líderes de la UE a ser audaces y criticó la fragmentación de las inversiones nacionales, que debilita sistemáticamente a Europa frente a China y Estados Unidos. Su análisis de la situación fue especialmente contundente: «Por primera vez en la historia reciente, Europa está verdaderamente sola y unida, y debe desarrollar una estrategia global desde esta posición».
Precios de la energía, desindustrialización y reubicación de la creación de valor
Además del déficit estructural de productividad, existe un grave problema de competencia que se ha agravado drásticamente en los últimos años: el vertiginoso aumento de los precios de la energía y sus consecuencias para la base industrial europea. Las empresas europeas siguen pagando casi tres veces más por la electricidad industrial que sus competidoras estadounidenses. Mientras que las empresas estadounidenses pagan alrededor de 7 céntimos por kilovatio-hora, los precios para muchos consumidores europeos medianos y grandes superan los 20 céntimos.
Las consecuencias de esta brecha de costes ya son cuantificables. Una encuesta realizada por la Asociación Alemana de Cámaras de Industria y Comercio (DIHK) revela que dos tercios de las empresas industriales consideran que los altos precios de la energía y las materias primas representan la mayor amenaza, y el 40% está considerando reducir su producción en Alemania o trasladarla al extranjero. En Austria, según un estudio de Deloitte, una de cada dos empresas está considerando una reubicación parcial de la producción. Incluso Pierre Wunsch, gobernador del Banco Nacional de Bélgica, advirtió públicamente que las industrias de alto consumo energético en Europa están desapareciendo bajo las actuales condiciones políticas.
Lo que está ocurriendo aquí es una desindustrialización progresiva, no provocada por crisis agudas, sino por condiciones de localización estructuralmente superiores en otras partes del mundo. Estados Unidos atrae empresas con abundantes reservas de gas natural, bajos costes energéticos y programas de subvenciones masivas a través de la Ley de Reducción de la Inflación. China combina una política industrial estatal con bajos costes de producción y ya domina cadenas de valor completas, desde módulos solares hasta vehículos eléctricos. Europa, por otro lado, soporta simultáneamente la carga de ambiciosos objetivos climáticos, mercados energéticos fragmentados y la falta de una estrategia industrial común. Que, precisamente en esta situación, más de dos tercios del presupuesto de la UE se destinen a la redistribución en lugar de a una política de localización específica es difícil de justificar económicamente.
El despilfarro de mil millones de dólares: Cuando los subsidios hacen más daño que bien
El debate sobre la eficiencia del gasto europeo se ve respaldado por varios estudios de caso concretos que han salido a la luz recientemente y que socavan la confianza en la finalidad de las políticas de subvenciones a gran escala.
El ejemplo más llamativo es el Superbonus italiano. Al comienzo de la pandemia de COVID-19, el gobierno de Conte introdujo una desgravación fiscal del 110% para las reformas de edificios energéticamente eficientes. La idea parecía atractiva: los propietarios que mejoraran sus viviendas podrían deducir más de los costes reales, lo que en la práctica hacía que las reformas fueran gratuitas. El programa desencadenó un auge de las reformas, pero a un precio que ahora se considera uno de los fiascos de subvenciones más caros de la historia reciente de Europa. En lugar de los 35.000 millones de euros previstos inicialmente, los costes reales ascendieron a 119.000 millones de euros, lo que equivale a cerca del 5% de la producción económica total de Italia. Los investigadores italianos estiman que el fraude provocado solo por el programa asciende a al menos 16.000 millones de euros. Redes criminales utilizaron facturas ficticias y edificios fantasma para desviar las subvenciones; en 2021, se fundaron una media de 64 nuevas empresas constructoras al día, la mayoría de ellas exclusivamente para reclamar el Superbonus. Como consecuencia, el déficit presupuestario de Italia aumentó a más del siete por ciento del producto interno bruto en 2023, resultado directo de unas políticas de subvenciones descontroladas.
Aún más alarmante es la reciente malversación de fondos de la UE para la lucha contra el coronavirus en España. Según informaciones publicadas en el diario español El Mundo y el alemán Bild, el gobierno de Sánchez malversó más de diez mil millones de euros del fondo de recuperación NextGenerationEU de la UE. Se estima que alrededor de 2.400 millones de euros se desviaron al fondo de pensiones de los funcionarios y al presupuesto de la renta mínima española, mientras que otros 8.500 millones de euros habrían ido a parar al sistema de bienestar social. Madrid ha confirmado posteriormente parte de estas transferencias. Andreas Schwab (CDU/PPE), presidente de la Comisión de Presupuestos del Parlamento Europeo, calificó de absolutamente inaceptable el uso de fondos europeos para encubrir problemas presupuestarios nacionales.
El caso de España no es un fallo aislado, sino más bien sintomático de deficiencias en el control estructural. A principios de mayo de 2026, el Tribunal de Cuentas Europeo constató que carecía de una visión general completa del destino de los 577.000 millones de euros ya desembolsados del fondo de recuperación de la COVID-19. Miles de beneficiarios —empresas, consorcios y particulares— eran desconocidos para el Tribunal o no estaban registrados sistemáticamente. Un auditor articuló claramente la consecuencia: sin esta información, era imposible evaluar si los fondos se estaban distribuyendo equitativamente, si existían riesgos de concentración y si los fondos de la UE estaban beneficiando realmente a los ciudadanos. La Comisión dependía en gran medida de que los Estados miembros de la UE detectaran por sí mismos las infracciones de las normas, un mecanismo de control que, por su propia naturaleza, falla en caso de infracciones con motivaciones sistémicas.
Nuestra experiencia en la UE y Alemania en desarrollo empresarial, ventas y marketing

Nuestra experiencia en la UE y Alemania en desarrollo empresarial, ventas y marketing - Imagen: Xpert.Digital
Áreas de enfoque de la industria: B2B, digitalización (de IA a XR), ingeniería mecánica, logística, energías renovables e industria
Más información aquí:
Un centro temático que ofrece información y experiencia:
- Plataforma de conocimiento que abarca las economías globales y regionales, la innovación y las tendencias específicas de la industria
- Una colección de análisis, perspectivas e información de fondo de nuestras áreas de enfoque clave
- Un lugar para la experiencia y la información sobre los avances actuales en negocios y tecnología
- Un centro para empresas que buscan información sobre los mercados, la digitalización y las innovaciones de la industria
Informe Draghi frente a los intereses de los políticos: Disputa en Aquisgrán – Unión de la deuda frente al modelo de inversión común
La visión reformista de Merz: El presupuesto "a prueba de Draghi" como contrapropuesta
En este contexto, la intervención de Merz en Aquisgrán adquiere relevancia en materia de política económica, más allá del ambiente festivo. El Canciller aboga por una modernización fundamental y una estructura radicalmente simplificada del presupuesto de la UE. El eje central de su visión es la reasignación de fondos de redistribución hacia inversiones en competitividad y defensa europeas, lo que él denomina programáticamente un presupuesto «a prueba de Draghi»: un presupuesto que, por lo tanto, consagra estructuralmente la agenda de reformas del Informe Draghi, en lugar de tratarla como un complemento.
En concreto, esto significa menos dinero para la agricultura y los programas de financiación regional, como los destinados a la construcción de infraestructuras con fondos de la UE, y más capital para proyectos europeos conjuntos en tecnologías futuras, defensa, seguridad energética y digitalización. Merz lo describe como una priorización: los retos del siglo XXI no pueden afrontarse con un presupuesto del siglo XX. La dirección estratégica es clara: alejarse de una UE que funciona principalmente como mecanismo de distribución y avanzar hacia una UE que actúa como espacio común de inversión.
Al mismo tiempo, Merz adopta una postura táctica: rechaza la emisión de nueva deuda conjunta, también por razones constitucionales, como recalcó en Aquisgrán. Esta es una respuesta directa a las crecientes demandas en Bruselas para que la UE retome el modelo del fondo NextGenerationEU de 2020 y emita bonos conjuntos para financiar los grandes desafíos. El cálculo político de Merz no se basa únicamente en el derecho constitucional: dada la fuerza de la AfD en Alemania, un nuevo debate sobre la deuda europea implicaría considerables riesgos políticos nacionales.
La intervención de Aquisgrán tampoco es casual. La Presidencia chipriota del Consejo de la UE tiene previsto presentar su propuesta presupuestaria en mayo de 2026, entrando así en una fase crucial de las negociaciones. Merz aspira a alcanzar un acuerdo entre los líderes de la UE antes de finales de 2026, antes de que las elecciones parlamentarias de Francia, Italia, Polonia y España en 2027 puedan alterar el equilibrio político en Europa. La presión del tiempo es real: si no se llega a un acuerdo antes de finales de 2026, la UE corre el riesgo de sufrir un bloqueo presupuestario en 2027.
La contradicción de Atenas: Los desafíos comunes requieren instrumentos comunes
La reacción sustantiva de los socios europeos fue inmediata. El primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, aliado de Merz y perteneciente al mismo grupo político europeo, el PPE, lo contradijo directamente en su discurso inaugural en Aquisgrán: «Ante nuevos desafíos comunes como la energía y la defensa, debemos estar abiertos a modelos de financiación europeos conjuntos, porque los desafíos comunes requieren instrumentos comunes».
Esta afirmación refleja una lógica económica que no debería descartarse fácilmente en el debate. El mercado único de la UE se caracteriza por importantes asimetrías económicas: los Estados miembros con mayor deuda se enfrentan a la paradoja de que, precisamente debido a su deuda, tienen menor capacidad para invertir en el futuro. Un nuevo estudio del ZEW muestra que los países de la UE con mayor deuda invierten sistemáticamente menos en inversiones futuras; la situación en estos países es incluso más grave de lo que sugieren las estadísticas de deuda. En este contexto, un programa de inversión financiado exclusivamente con fondos nacionales podría agravar los desequilibrios económicos existentes en la UE: los Estados miembros ricos invierten, los más pobres no.
En su discurso en Aquisgrán, Draghi presenta un argumento relacionado, sin abordar directamente el tema de la deuda. Critica la fragmentación de las inversiones nacionales, que lleva a los Estados miembros de la UE a la competencia mutua en lugar de permitirles presentar un frente unido y más sólido en el mercado global. Su informe demuestra claramente las necesidades de inversión: 800.000 millones de euros anuales, financiados con capital público y privado, una cantidad que supera con creces el presupuesto total de siete años de 2 billones de euros, incluso teniendo en cuenta el generoso efecto de apalancamiento del capital privado. Un presupuesto de la UE de 2 billones de euros a lo largo de siete años equivale a aproximadamente 285.000 millones de euros anuales, menos del 36 % del volumen de inversión anual necesario.
Entre la retórica reformista y la inercia institucional
La tensión que se desplegó en Aquisgrán entre los discursos de Merz, Mitsotakis y Draghi es de naturaleza estructural: corresponde al conflicto de intereses fundamental entre los Estados contribuyentes netos y los Estados receptores netos en la UE, entre una visión de reforma que implica establecer prioridades y, por lo tanto, renunciar a la redistribución, y la realidad política de que precisamente aquellos Estados que se benefician de los programas de financiación existentes tienen un fuerte interés en mantenerlos.
Además, existe un efecto de inercia institucional. Las estructuras del presupuesto de la UE —en particular la Política Agrícola Común y la política regional— se han desarrollado a lo largo de décadas y están profundamente arraigadas en los sistemas políticos y económicos nacionales. Las asociaciones de agricultores, las administraciones regionales y los ministerios nacionales tienen un interés vital en que no se interrumpa el flujo de fondos. La reacción de las asociaciones de agricultores ante la nueva propuesta de la Comisión lo demuestra claramente: a pesar de la retórica general de reforma, los responsables de la política agrícola se resisten a cualquier reducción del presupuesto agrícola y a cualquier fusión de programas de financiación, argumentando que esto generaría incertidumbre en la planificación. Queda por ver si, en este contexto político, es posible una verdadera reasignación de fondos hacia inversiones en tecnologías futuras y competitividad.
El historial de implementación del Informe Draghi es revelador. Un año y medio después de su publicación, solo se han implementado 43 de las 383 recomendaciones. Los ámbitos donde se ha avanzado más son las materias primas críticas y el transporte, áreas con claros intereses de seguridad nacional y plazos de ejecución ajustados. Se ha avanzado poco en campos de importancia sistémica como la IA, la reforma del mercado energético y la integración del mercado de capitales. Esto no es casualidad, sino un reflejo de que las reformas de gran alcance afectan la soberanía nacional y, por lo tanto, conllevan un alto costo político.
El verdadero punto de inflexión: inversión versus subvención
Más allá de las cifras presupuestarias específicas, el debate gira en torno a una cuestión de política económica más fundamental: ¿Qué modelo de desarrollo seguirá Europa en el siglo XXI? La política fiscal de la UE ha respondido hasta ahora implícitamente a esta pregunta con el objetivo de garantizar la prosperidad mediante la redistribución y la igualación. El principio de cohesión —que las regiones más pobres alcancen el nivel de desarrollo mediante subvenciones— es un objetivo político legítimo y ha contribuido a la convergencia en el pasado. Sin embargo, la cohesión solo puede funcionar de forma sostenible si la economía general, de la que parte la redistribución, crece.
Aquí reside precisamente el verdadero dilema. El crecimiento de la productividad en Europa se ha estancado en niveles bajos durante años. La tasa de inversión es estructuralmente inferior a la de Estados Unidos y China. En su Índice Europeo de Preparación para el Futuro, presentado en Davos en enero de 2026, Roland Berger señaló que, si bien la competitividad de Europa se había deteriorado durante muchos años, ahora comienzan a surgir los primeros indicios de una recuperación, aunque partiendo de un nivel demasiado bajo. Resulta especialmente problemático que los países de la UE, altamente endeudados, estén invirtiendo menos en el futuro. Esto crea una espiral descendente: la deuda limita el margen de inversión, la falta de inversión reduce el potencial de crecimiento y un menor crecimiento incrementa el nivel de deuda relativa.
Un continente que se sostiene a largo plazo mediante transferencias monetarias no puede sentar las bases para una prosperidad sostenible. La prosperidad surge de la productividad, el progreso tecnológico, la innovación empresarial y una estructura económica que dirija el capital hacia donde genera el mayor beneficio social. Los subsidios pueden utilizarse estratégicamente para corregir fallos de mercado, desarrollar industrias estratégicas o mitigar el impacto social del cambio estructural. Sin embargo, si se convierten en la norma, distorsionan las señales de precios, perpetúan estructuras improductivas y acaparan fondos públicos que podrían utilizarse de forma más productiva en otros ámbitos, como ha demostrado de forma contundente el ejemplo del superbono italiano.
La unión de deudas como un problema sistémico oculto
El debate en torno a la nueva deuda conjunta de la UE va más allá de un detalle presupuestario. Se trata de una cuestión sistémica: ¿Debería la UE actuar permanentemente como prestataria conjunta, convirtiéndose así en una unión fiscal de facto, sin un mecanismo de control democrático igualmente sólido? El fondo NextGenerationEU, aprobado en 2020, fue una excepción histórica ante la extraordinaria presión de la crisis. Pero lo que se concibió como una medida de emergencia puntual ya se está debatiendo como un modelo para una estrategia de deuda permanente. El reembolso de los bonos Corona ya supone una carga para el presupuesto de la UE de unos 30.000 millones de euros anuales, aproximadamente una sexta parte del gasto anual total.
El presidente del Bundesbank, Joachim Nagel, expresó recientemente una postura abierta hacia los eurobonos, y el BCE también aboga por un mercado de deuda común permanente. Merz, sin embargo, mantiene su oposición, basando su posición no solo en el derecho constitucional alemán, sino también en una convicción de política económica: la deuda compartida sin mecanismos comunes de responsabilidad y control genera incentivos problemáticos. El uso que hace España de los fondos de NextGenerationEU para el gasto en pensiones constituye un argumento actual y convincente a favor de esta postura.
La cuestión fundamental, sin embargo, es si el dilema puede resolverse siquiera contrayendo nueva deuda mientras persistan las deficiencias en el control institucional. Un presupuesto en el que no se puede identificar a miles de beneficiarios de miles de millones en pagos, en el que los Estados miembros reasignan fondos de la UE a los sistemas nacionales de pensiones sin prever consecuencias inmediatas, y en el que un programa de subvenciones cuesta seis veces más de lo previsto, no se volverá más eficiente simplemente aumentándolo. Dar más dinero a un sistema estructuralmente defectuoso puede enmascarar el problema a corto plazo, pero no lo resuelve.
Ventanas temporales y aritmética política
Los próximos 18 meses serán cruciales. Merz busca un acuerdo para finales de 2026 para adelantarse al ciclo electoral de 2027. Esto exige que la Presidencia chipriota del Consejo presente rápidamente propuestas numéricas sustanciales y que los 27 Estados miembros —con un presupuesto que requiere aprobación unánime— estén dispuestos a llegar a un compromiso que vaya más allá de ajustes simbólicos. Históricamente, las negociaciones del Marco Financiero Plurianual (MFP) a menudo se han prolongado considerablemente más de lo previsto. El actual MFP para el período 2021-2027 se adoptó con una rapidez inusual en 2020 bajo la intensa presión de la crisis del coronavirus y con la inclusión del fondo NextGenerationEU, un caso especial que difícilmente se repetirá.
Al mismo tiempo, la situación internacional ha aumentado la presión sobre Europa para negociar. La guerra de agresión rusa contra Ucrania —que en mayo de 2026 cumplirá cinco años—, la política arancelaria estadounidense de Trump, la estrategia de competitividad patrocinada por el Estado chino y los problemas de seguridad energética generan una sensación de urgencia compartida que, en principio, podría generar mayorías capaces de reformar. Pero urgencia y voluntad política son dos cosas distintas. Draghi ha sido galardonado con el Premio Carlomagno, Merz ha pronunciado un discurso programático, Mitsotakis ha manifestado su oposición, y las negociaciones propiamente dichas aún están por llegar.
Un presupuesto que no salvará a Europa a menos que sea reformado
Dos billones de euros en siete años suena a una suma inmensa. Pero en comparación con las necesidades de inversión anuales de 800 mil millones de euros identificadas por Draghi, esta cantidad no es más que un punto de partida, e incluso así, solo si se orienta consistentemente hacia inversiones futuras. Mientras más de dos tercios de los fondos se destinen a redistribución y subsidios, mientras los mecanismos de control sean tan débiles que miles de millones desaparezcan sin dejar rastro o se malversen para fondos de pensiones, mientras las propuestas de reforma como las del informe Draghi permanezcan sin implementar en más del 80 por ciento un año y medio después de su presentación, mientras esto continúe, el debate sobre el tamaño del presupuesto es de importancia secundaria.
El verdadero desafío reformista al que se enfrenta Europa es políticamente más complejo que cualquier cifra presupuestaria: se trata de superar una cultura institucional que prioriza sistemáticamente los intereses de redistribución a corto plazo sobre las prioridades de inversión a largo plazo. La iniciativa de Merz en Aquisgrán envía una señal importante en este sentido. En los próximos meses se verá si existe una mayoría políticamente viable para transformar realmente el presupuesto de la UE, pasando de ser un instrumento de redistribución a uno de inversión. La alternativa —distribuir más dinero sobre las mismas bases estructurales— sería el malentendido más costoso imaginable.
















