La acción de Putin y Xi: Por qué la batalla por los recursos petroleros de Venezuela apenas comienza y Europa debe tomar en serio la crisis de Venezuela como una advertencia estratégica
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Publicado el: 3 de enero de 2026 / Actualizado el: 3 de enero de 2026 – Autor: Konrad Wolfenstein

La acción de Putin y Xi: Por qué la batalla por los recursos petroleros de Venezuela apenas comienza y Europa debe tomar en serio la crisis de Venezuela como una advertencia estratégica – Imagen: Xpert.Digital
300 mil millones de barriles de petróleo: Por qué el país más rico del mundo de repente se está convirtiendo en una amenaza para nuestra seguridad
La capitulación de Maduro ante Trump: un terremoto geopolítico con amargas consecuencias para Europa
Enero de 2026 marca un punto de inflexión en la geopolítica internacional, cuyas repercusiones se extienden mucho más allá del Caribe. La repentina capitulación del líder venezolano Nicolás Maduro ante el presidente estadounidense Donald Trump es más que el fin de una guerra de nervios bilateral; es una brutal dosis de realidad para el orden global. Tras meses de escalada militar mediante la "Operación Lanza del Sur" y una enorme presión económica, ha quedado claro que incluso la retórica antiimperialista, profundamente arraigada, debe ceder ante la dura realidad de la proyección de poder físico. Pero mientras Washington reclama implacablemente su dominio en su propio territorio, la crisis revela una verdad incómoda para Europa: el viejo continente es poco más que un espectador en este nuevo juego de poder.
Los acontecimientos en Venezuela actúan como una lupa que pone de relieve las debilidades de la política exterior y de seguridad europea. Mientras China y Rusia han utilizado durante mucho tiempo al país más rico en petróleo del mundo como puesto estratégico, y Estados Unidos defiende sus intereses con fuerza militar y excepciones pragmáticas para sus propias corporaciones como Chevron, Europa permanece en un peligroso estado de pasividad. La discrepancia entre las aspiraciones morales y la inacción de la realpolitik rara vez ha sido tan evidente como ahora.
Para los responsables políticos europeos, este momento constituye una advertencia estratégica ineludible. Demuestra la fragilidad de las cadenas globales de suministro energético, la falta de fiabilidad de los supuestos socios y las limitaciones de la política de sanciones occidental en un mundo fragmentado. Ante el contexto de una administración estadounidense que define abiertamente a Europa como un problema en su estrategia de seguridad y un reajuste global de los mercados de materias primas, la UE se enfrenta a una disyuntiva existencial: o desarrolla finalmente una auténtica autonomía estratégica o corre el riesgo de verse aplastada entre los intereses de las grandes potencias.
El siguiente informe de análisis arroja luz sobre el trasfondo multifacético de esta crisis, expone las paradojas económicas del estado petrolero venezolano y esboza las lecciones urgentes que Europa debe extraer del fracaso de su estrategia anterior.
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La fragilidad geopolítica de la seguridad energética y la ilusión de unas relaciones comerciales fiables
El repentino cambio de postura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, hacia Donald Trump a principios de enero de 2026 marcó mucho más que un conflicto bilateral entre dos líderes autoritarios. El dictador venezolano, quien en diciembre de 2025 había hablado de una lucha independiente contra el imperialismo estadounidense, marcó un drástico cambio de rumbo en una entrevista con el periodista español Ignacio Ramonet. Maduro ofreció a Estados Unidos acuerdos petroleros cuando, donde y como Washington los deseara, y expresó su disposición a saldar deudas mediante el suministro de materias primas y a negociar acuerdos para el control de drogas.
Este cambio de rumbo no se produjo en el vacío. Fue consecuencia de meses de presión militar y económica: la Operación Lanza del Sur desplegó a unos 15.000 soldados estadounidenses en la región del Caribe, 35 barcos sospechosos de transportar drogas fueron atacados y más de 115 personas perdieron la vida. Por primera vez, Estados Unidos utilizó un dron para atacar Venezuela continental y destruyó una instalación portuaria. Varios petroleros fueron incautados frente a las costas venezolanas y se ofreció una recompensa de 50 millones de dólares por la cabeza de Maduro.
Para los responsables europeos de la toma de decisiones en el ámbito empresarial y político, este episodio revela debilidades fundamentales del orden mundial actual que van mucho más allá del caso específico de Venezuela. La situación demuestra la fragilidad de las cadenas de suministro energético en un orden mundial cada vez más fragmentado, la vulnerabilidad de los regímenes autoritarios a la presión externa y la importancia estratégica de las dependencias económicas en los conflictos geopolíticos.
Venezuela como paradoja económica y peón geopolítico
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en unos 300.000 millones de barriles, superando incluso a las de Arabia Saudita. Sin embargo, la producción se ha desplomado desde su pico de 3,45 millones de barriles diarios en diciembre de 1997 a tan solo 1,14 millones de barriles en noviembre de 2025. Esta disminución de más del 67 % es resultado de décadas de mala gestión, la falta de inversión en infraestructura y la pérdida de personal cualificado en la petrolera estatal PDVSA.
El país, que en su día fue uno de los cinco miembros fundadores de la OPEP, paradójicamente hoy importa gasolina, a pesar de poseer algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo. Esta discrepancia entre el potencial teórico y la realidad práctica convierte a Venezuela en un caso ideal de estudio de los peligros de la maldición de los recursos, la inestabilidad política y la influencia externa.
La dependencia de Venezuela de las exportaciones petroleras es extrema. Entre el 90 % y el 99 % de sus ingresos por exportaciones provienen de la industria petrolera. Este monocultivo estructural hace al país muy vulnerable a las fluctuaciones de precios en los mercados energéticos internacionales y a la presión política externa. Las sanciones estadounidenses, que se han endurecido sistemáticamente desde 2017, han costado a Venezuela aproximadamente 226 000 millones de dólares en ingresos petroleros entre enero de 2017 y diciembre de 2024, lo que equivale al 213 % del producto interno bruto venezolano.
Para los analistas europeos, esto pone de relieve los riesgos de una dependencia excesiva de fuentes individuales de materias primas o mercados de exportación. La lección de Venezuela no solo es que la diversificación es necesaria, sino también que las dependencias económicas estructurales se convierten en vulnerabilidades estratégicas al verse envueltas en conflictos geopolíticos.
La formación del nuevo bloque y el papel de Venezuela en el triángulo de poder chino-ruso-estadounidense
La capacidad de Maduro para resistir la enorme presión estadounidense durante tanto tiempo se basó en gran medida en el apoyo de China y Rusia. China se ha consolidado como el socio más importante de Venezuela. En septiembre de 2023, ambos países firmaron una alianza estratégica para todo tipo de condiciones, una designación que Pekín reserva solo para unos pocos países socios privilegiados. China es el mayor comprador de petróleo venezolano, con casi el 70 % de sus exportaciones petroleras destinadas a China en 2023.
El Banco de Desarrollo de China otorgó a la petrolera estatal PDVSA un préstamo de cinco mil millones de dólares. En los últimos diez años, Pekín ha prestado al país más rico en petróleo del mundo alrededor de 60 mil millones de dólares, que Venezuela está reembolsando con entregas de petróleo. Empresas privadas chinas como China Concord Resources Corp. planean inversiones de más de mil millones de dólares en el desarrollo de los yacimientos petrolíferos venezolanos.
Por su parte, Rusia selló una asociación estratégica con Venezuela en octubre de 2025, que contempla la cooperación en las áreas de energía, minería, transporte y seguridad. En diciembre de 2025, Moscú prometió su pleno apoyo a Caracas. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y su homólogo venezolano, Yván Gil, acordaron coordinar sus acciones en el ámbito internacional, en particular en las Naciones Unidas, para garantizar la soberanía del Estado y la no injerencia en los asuntos internos. Incluso se discutió la posibilidad de envíos de armas.
Esta situación ilustra la creciente fragmentación de la economía global en bloques geopolíticos. Venezuela se ha convertido en un caso de prueba para determinar si los regímenes autoritarios, gracias a sus estrechos vínculos con China y Rusia, pueden resistir la presión occidental. El hecho de que Maduro haya podido mantener su posición durante meses a pesar de las masivas amenazas militares y el estrangulamiento económico por parte de Estados Unidos demuestra los límites del poder estadounidense en un orden mundial multipolar.
Para Europa, esto implica una reorientación fundamental de las consideraciones estratégicas. Ya quedaron atrás los tiempos en que las sanciones occidentales sometían rápidamente a regímenes aislados. En su lugar, están surgiendo estructuras financieras y comerciales alternativas que permiten a los Estados sancionados sobrevivir y, en algunos casos, incluso prosperar. Venezuela, por ejemplo, registró un crecimiento económico cercano al 8,5 % en 2025 a pesar de todas las sanciones, tras 18 trimestres consecutivos de crecimiento.
La excepción Chevron y los límites de la consistencia ideológica
Uno de los aspectos más destacables de la política de sanciones de Estados Unidos contra Venezuela es la licencia especial otorgada a la petrolera Chevron. A pesar de las extensas sanciones, Chevron es la única gran petrolera estadounidense autorizada a operar en Venezuela. La compañía extrae petróleo, vende parte a Estados Unidos y utiliza los ingresos para saldar las deudas venezolanas. Chevron representa aproximadamente el 20 % de las exportaciones petroleras venezolanas.
Esta excepción revela la dimensión pragmática incluso de una política de sanciones supuestamente basada en principios. En última instancia, se priorizó los intereses económicos de las corporaciones estadounidenses sobre la consecuencia ideológica de aislar completamente a Venezuela. Las actividades de Chevron permitieron a la petrolera estatal venezolana, PDVSA, aumentar la producción, estabilizando así, paradójicamente, el régimen de Maduro.
Esta es una lección importante para las empresas y los gobiernos europeos. Las sanciones no solo son eludidas por los países sancionados, sino también por las propias potencias sancionadoras cuando los intereses económicos así lo exigen. Esto socava la credibilidad y la eficacia de los regímenes de sanciones. Europa debe preguntarse si está preparada para asumir costes económicos que otros evitan y si las políticas de sanciones coordinadas con socios como Estados Unidos siguen siendo fiables.
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La posición marginal de Europa en el conflicto de Venezuela
Las relaciones comerciales entre Europa y Venezuela se han deteriorado drásticamente en los últimos años. El comercio entre Alemania y Venezuela está en franco declive; las exportaciones alemanas a Venezuela disminuyeron aproximadamente un 92 % entre 2015 y 2025, y las importaciones, un 93 %. En 2024, Alemania exportó solo 124,15 millones de dólares a Venezuela. Actualmente, 28 empresas alemanas con alrededor de 4.000 empleados siguen activas en Venezuela, pero su número disminuye constantemente.
Desde noviembre de 2017, la UE ha impuesto sanciones sectoriales a Venezuela, incluyendo un embargo de armas y la prohibición del suministro de bienes utilizados para la represión interna. Treinta y seis miembros del régimen de Maduro han sido sometidos a prohibiciones de viaje y congelación de activos. Sin embargo, en comparación con Estados Unidos, las sanciones europeas son más moderadas y se dirigen principalmente a individuos, no a la economía venezolana en su conjunto.
Esta relativa reticencia refleja la limitada influencia de Europa en la región. Venezuela fue suspendida del bloque económico del Mercosur en 2016 acusada de violar el orden democrático. Esto significa que el acuerdo de libre comercio del Mercosur, crucial para la economía europea y finalmente acordado políticamente en diciembre de 2024 después de más de 25 años, se implementará sin la participación venezolana.
El acuerdo del Mercosur pretende crear una zona de libre comercio que abarque a más de 700 millones de habitantes y, según la Comisión Europea, sería la más grande del mundo en su tipo. Su objetivo es enviar una señal contra las políticas arancelarias proteccionistas de Donald Trump. Según cálculos de la Comisión Europea, las exportaciones anuales de la UE a los países del Mercosur podrían crecer hasta un 39 %, lo que se traduciría en un ahorro anual de alrededor de cuatro mil millones de euros para los exportadores europeos. Entre los beneficiarios se incluirían fabricantes de automóviles, empresas de ingeniería mecánica, la industria farmacéutica y la industria química.
Sin embargo, el hecho de que Europa prácticamente no actúe como un actor independiente en el conflicto venezolano, sino que se limite a hacer llamamientos diplomáticos para la desescalada, demuestra las limitaciones de la política exterior europea. En el Consejo de Seguridad de la ONU, países europeos como Gran Bretaña y Francia pidieron una solución pacífica al conflicto sin criticar directamente al gobierno estadounidense. Al mismo tiempo, condenaron las violaciones de derechos humanos en Venezuela y expresaron su esperanza de que el país pronto tenga un nuevo gobierno democrático.
Esta postura es característica del dilema de Europa. Por un lado, profesa un compromiso con el derecho internacional y los principios democráticos; por otro, carece de la voluntad o la capacidad para imponer estos principios a Estados Unidos cuando Washington los viola. Los ataques aéreos estadounidenses contra barcos en aguas internacionales son ilegales según el derecho internacional, al igual que el cierre del espacio aéreo sobre Venezuela anunciado por Trump. Estados Unidos no obtuvo la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, e incluso con pruebas de narcotráfico, los ataques constituirían crímenes de guerra.
Pero Europa guarda un silencio sedentario o se limita a emitir llamamientos generales. Una cumbre entre la UE y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, prevista para noviembre de 2025 en Colombia, fue cancelada por más de dos docenas de políticos de alto rango de ambos bandos, incluida la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. La señal fue clara: no quieren antagonizar a Trump por la cuestión caribeña.
Esta pasividad no solo es moralmente problemática, sino también estratégicamente miope. Europa está perdiendo la oportunidad de posicionarse como un mediador honesto en los conflictos regionales y de forjar alianzas en América Latina, que están cobrando importancia, especialmente dado el distanciamiento transatlántico bajo el gobierno de Trump.
La crisis transatlántica y sus implicaciones
La crisis venezolana coincide con un deterioro fundamental de las relaciones transatlánticas. En diciembre de 2025, el gobierno estadounidense publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que presentaba un panorama desolador de la situación en Europa. El presidente estadounidense, Donald Trump, denunció el panorama político actual en la UE como una amenaza para los intereses estadounidenses, lamentando una supuesta pérdida de democracia y libertad de expresión en Europa.
El objetivo de la política estadounidense debe ser enderezar a Europa. El documento mencionaba motivos de gran optimismo debido a la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos. El gobierno estadounidense lamentó el debilitamiento de los procesos democráticos en Europa y acusó a la Unión Europea de reprimir la libertad de expresión y a la oposición. La conclusión fue clara: uno de los objetivos de la política estadounidense europea debe ser fomentar la resistencia dentro de las naciones europeas contra el rumbo actual de Europa.
Esta estrategia marca el fin de la asociación transatlántica tal como ha existido desde la Segunda Guerra Mundial. La potencia hegemónica benevolente al otro lado del Atlántico se está convirtiendo en una potencia global que, al igual que Rusia, intenta debilitar a la UE y moldear el panorama político europeo según sus propios intereses. Estados Unidos ya no es el socio fiable de décadas pasadas, sino que aplica una política transaccional basada en acuerdos que ignora o incluso socava activamente los intereses europeos.
En este contexto, la crisis venezolana adquiere una dimensión adicional. No se trata simplemente de un conflicto bilateral entre Washington y Caracas, sino de una doctrina más amplia de Trump que, una vez más, considera a Latinoamérica como el patio trasero de Estados Unidos. Trump interfirió directamente en los procesos electorales de Ecuador, Bolivia, Honduras y Chile, utilizando aranceles y el recrudecimiento de las sanciones como palanca y ayudando a los candidatos de extrema derecha a obtener la victoria.
Esta política de patio trasero, reinterpretada, encaja con la ambición de Trump de controlar el Canal de Panamá y revivir la Doctrina Monroe. Según la visión de Trump, Latinoamérica debería ser gobernada por hombres de derecha dispuestos a negociar cualquier acuerdo. Los métodos y motivos cuestionables demuestran que la lucha contra las drogas parece ser solo un pretexto. En realidad, se trata de recuperar las esferas de influencia estadounidenses y obtener acceso a recursos estratégicos, especialmente el petróleo.
Para Europa, esto significa que no solo se enfrenta a una administración estadounidense impredecible, sino a una reorientación fundamental de la política exterior estadounidense que rechaza las instituciones multilaterales, ignora el derecho internacional y favorece la proyección unilateral de poder. Los días en que Estados Unidos, como Atlas, apoyaba todo el orden mundial han terminado, declaró Trump. «América Primero» es ahora el lema.
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El talón de Aquiles olvidado de Europa: por qué la próxima crisis de las materias primas ya ha comenzado
Dinámica del mercado petrolero e impacto limitado en Europa
A pesar de la dramática escalada militar, el impacto en los mercados petroleros mundiales fue limitado. Si bien el conflicto entre Estados Unidos y Venezuela, miembro de la OPEP, fue un tema dominante en el mercado petrolero, la reacción de los precios fue moderada. El barril de crudo Brent del Mar del Norte para entrega en marzo costaba 61,24 dólares a principios de enero de 2026, un aumento de tan solo 39 centavos en comparación con el miércoles anterior. El precio del crudo West Texas Intermediate (WTI) estadounidense para entrega en febrero subió 38 centavos, hasta los 57,80 dólares.
Esta reacción moderada se puede explicar por varios factores. En primer lugar, el papel de Venezuela en el mercado petrolero internacional es limitado. Si bien el país posee las mayores reservas de petróleo del mundo, su producción ronda el millón de barriles diarios, mientras que Estados Unidos, el mayor productor mundial, produce aproximadamente trece veces esa cantidad diaria. En segundo lugar, la preocupación por el exceso de oferta en el mercado petrolero se ha intensificado a medida que avanza el comercio. En tercer lugar, los clientes petroleros de Venezuela, principalmente China, ya han negociado descuentos sustanciales y exigido la revisión de los términos contractuales.
Analistas como Warren Patterson, de ING Groep, creen que los inversores mantienen la calma porque ya se han considerado los posibles riesgos de suministro. La reacción de los precios muestra que el mercado petrolero no está demasiado preocupado. Si el gobierno estadounidense implementa su bloqueo, la presión podría impulsar los precios del petróleo al alza, pero el impacto sería manejable.
Para Europa, esto supone un alivio a corto plazo. La seguridad energética no se ve amenazada de inmediato por el conflicto venezolano. Europa prácticamente no importa petróleo de Venezuela, tras el colapso de las relaciones comerciales en los últimos años. Las importaciones europeas de petróleo provienen de otras fuentes, y los mercados petroleros mundiales se caracterizan actualmente por un exceso de oferta, no por escasez.
Pero esta perspectiva a corto plazo se queda corta. La crisis venezolana ilustra la rapidez con la que los conflictos geopolíticos pueden influir en los mercados de materias primas y la vulnerabilidad de los países que dependen de fuentes o proveedores de energía individuales. Europa adquirió una dolorosa experiencia con la dependencia energética tras el ataque ruso a Ucrania. En 2021, Alemania aún importaba alrededor del 52 % de su gas de Rusia. El cese abrupto de estos suministros provocó una crisis energética con enormes costos económicos.
La lección de la crisis venezolana no es que la seguridad energética europea esté gravemente amenazada, sino que Europa debe proseguir consecuentemente su estrategia de diversificación. La dependencia de fuentes de materias primas o rutas de transporte individuales crea vulnerabilidades estratégicas que pueden ser explotadas por actores geopolíticos.
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Política de materias primas y autonomía estratégica
En los últimos años, la UE ha reconocido que su extrema dependencia de las importaciones de materias primas, en particular de China, supone un riesgo estratégico. Con la Ley de Materias Primas Críticas, la UE ha dado un paso significativo hacia una política común de materias primas. El objetivo es garantizar que no más del 65 % de las importaciones de materias primas críticas procedan de un solo tercer país.
El plan de acción RESourceEU, adoptado en diciembre de 2025, tiene como objetivo garantizar el suministro de materias primas críticas a la UE, como tierras raras, cobalto y litio. El plan incluye la asignación de tres mil millones de euros en un plazo de doce meses para aumentar la capacidad de suministro a corto plazo, la creación de un Centro Europeo de Materias Primas Críticas para principios de 2026, encargado de la supervisión del mercado y la coordinación de proyectos, y el desarrollo de un sistema para el almacenamiento de materias primas críticas.
China ha impuesto restricciones a la exportación de tierras raras y se aprovecha de la extrema dependencia de Europa para fortalecer su posición geoeconómica y sofocar la competencia internacional. En ocasiones, las empresas alemanas han tenido que revelar detalles comerciales sensibles, como planos técnicos, para obtener estas materias primas cruciales de China. El comisario de Industria de la UE, Stéphane Séjourné, considera a la industria europea un blanco directo de China y acusa a Pekín de chantaje.
La crisis venezolana demuestra que la dependencia de recursos puede provenir no solo de China, sino también de otras regiones geopolíticamente inestables. En teoría, Venezuela podría haber sido una fuente alternativa de importaciones energéticas, pero su inestabilidad política, su mala gestión y su integración geopolítica al bloque chino-ruso la convierten en un socio poco fiable.
Europa debe impulsar su estrategia de diversificación en varios niveles. En primer lugar, deben diversificarse las importaciones, por ejemplo, mediante nuevas alianzas en el sector de las materias primas con países ricos en recursos como Chile, Australia o Sudáfrica. En segundo lugar, deben fortalecerse los marcos de cooperación internacional, como la Alianza para la Seguridad de los Minerales. En tercer lugar, Europa debe desarrollar sus recursos nacionales de materias primas y fortalecer su capacidad de procesamiento. En cuarto lugar, debe aumentar significativamente la tasa de reciclaje de materias primas críticas.
La autonomía estratégica de Europa en materia de materias primas requiere una cooperación más estrecha con terceros países ricos en minerales y un enfoque coordinado por parte de la UE. Solo así Europa podrá implementar alianzas diplomáticas y programáticas convincentes en materia de materias primas. El entorno geopolítico exige que la UE integre no solo consideraciones económicas, sino también de seguridad, en su estrategia de materias primas.
La dimensión de la política migratoria
Un aspecto a menudo pasado por alto de la crisis venezolana es la masiva ola migratoria que ha desatado el país. Más de 9,1 millones de venezolanos viven actualmente fuera de su país. A pesar de su alta tasa de natalidad, la población venezolana se ha reducido de unos 30 millones en 2017 a poco más de 28 millones en la actualidad. Muchos huyen de la pobreza, la falta de infraestructura y atención médica, y la falta de oportunidades.
Europa se ve cada vez más afectada por esta ola migratoria. Solo en el primer semestre de 2025, 48.413 personas de Venezuela solicitaron asilo en la UE, más que las de Afganistán o Siria. España es el principal país de destino en Europa, ya que los venezolanos hablan su lengua materna y el gobierno acoge a los inmigrantes. La emigración masiva del país latinoamericano se considera una consecuencia directa del régimen autoritario del presidente Nicolás Maduro, quien ha estado en el poder desde 2013.
Las políticas migratorias de línea dura de Trump han provocado, paradójicamente, que los flujos migratorios venezolanos se redirijan de Norteamérica a Europa. Si bien los movimientos hacia el norte se están desacelerando, está surgiendo un nuevo fenómeno: los movimientos de tránsito de regreso al país de origen o a sus anteriores países de residencia en Sudamérica. Sin embargo, algunos migrantes eligen cada vez más Europa como destino, ya que los requisitos de entrada para las personas de esta región son menos restrictivos.
Esto tiene varias implicaciones para Europa. En primer lugar, demuestra que los flujos migratorios no solo se originan en regiones vecinas inmediatas, como Oriente Medio o África, sino que son cada vez más globales. En segundo lugar, ilustra que la inestabilidad política y las dificultades económicas en países distantes pueden tener repercusiones directas para Europa. En tercer lugar, deja claro que la política migratoria no puede considerarse de forma aislada, sino que debe integrarse en un contexto más amplio de política exterior, de seguridad y económica.
Estabilizar Venezuela no solo beneficiaría a los propios venezolanos, sino que también reduciría la presión migratoria sobre Europa. Sin embargo, Europa actualmente tiene poca influencia en la situación en Venezuela. La UE se ha limitado en gran medida a apoyar a Estados Unidos en su política de sanciones, sin desarrollar su propia estrategia para Venezuela. Esta es una oportunidad perdida, ya que Europa, a diferencia de Estados Unidos, no se percibe como una amenaza y, por lo tanto, podría actuar como mediador con mayor credibilidad.
Los límites de la política exterior europea y la necesidad de una reorientación estratégica
La crisis de Venezuela expone las debilidades estructurales de la política exterior europea. Europa posee un poder económico considerable, pero carece de la capacidad de traducirlo en influencia política. La UE es el mayor bloque comercial del mundo; sin embargo, no actúa como una entidad unificada, sino como un grupo fragmentado de 27 Estados miembros con diferentes intereses y prioridades.
Esto es particularmente evidente en el conflicto venezolano. Europa no ha adoptado una postura clara entre Estados Unidos y Venezuela. Carece de una estrategia independiente que vaya más allá del simple apoyo a las sanciones estadounidenses. Europa es un observador pasivo en lugar de un participante activo, a pesar de que sin duda tiene intereses en la región, como el acuerdo del Mercosur y la estabilización de los flujos migratorios.
Esta pasividad no solo es problemática en la crisis venezolana, sino que es sintomática de un problema más fundamental. Europa se encuentra atrapada en un mundo de creciente fragmentación geopolítica entre Estados Unidos y China. Corre el riesgo de verse aplastada entre las superpotencias si no fortalece su autonomía estratégica.
La autonomía estratégica no significa aislamiento ni neutralidad. Significa que Europa debe ser capaz de definir y perseguir sus propios intereses, incluso si difieren de los de Estados Unidos o China. En el caso de Venezuela, la autonomía estratégica implicaría que Europa desarrolle su propia estrategia para América Latina, que no se oriente únicamente a las directrices estadounidenses.
Europa podría, por ejemplo, actuar como mediadora entre Estados Unidos y Venezuela, brindar ayuda humanitaria independientemente de las condiciones políticas o crear incentivos económicos para reformas democráticas. Europa también podría cooperar más estrechamente con socios latinoamericanos como Brasil, Colombia o Chile para encontrar soluciones regionales a la crisis venezolana.
Pero estas iniciativas requieren voluntad política y capacidad institucional, que actualmente son insuficientes. La política exterior de la UE sigue estando fuertemente influenciada por los Estados-nación, y la Política Exterior y de Seguridad Común adolece de requisitos de unanimidad que dificultan una acción rápida y decisiva. La nueva estrategia de seguridad estadounidense, que considera abiertamente a Europa como un problema y busca debilitar a la UE, debería servir de advertencia. Europa ya no puede depender de Estados Unidos como socio fiable. Debe fortalecer su propia capacidad de acción.
Lecciones para Europa: entre el pragmatismo económico y la realidad geopolítica
La crisis de Venezuela ofrece varias lecciones clave para Europa que van más allá del caso específico y abordan cuestiones fundamentales de la estrategia europea.
En primer lugar, la crisis demuestra que la seguridad energética no puede lograrse únicamente mediante la diversificación de proveedores, sino que también requiere estabilidad política y una gobernanza fiable en los países proveedores. Venezuela posee inmensas reservas de materias primas, pero debido a la inestabilidad política y la mala gestión, no es un socio fiable. Europa debe considerar no solo la disponibilidad y el precio al seleccionar a sus socios energéticos, sino también los riesgos políticos.
En segundo lugar, la crisis demuestra las limitaciones de la política occidental de sanciones en un orden mundial multipolar. Venezuela logró resistir la enorme presión estadounidense gracias al apoyo de China y Rusia. Las estructuras alternativas de comercio y financiación permiten la supervivencia de los Estados sancionados. Europa debe replantearse su política de sanciones y desarrollar expectativas más realistas sobre su eficacia. Las sanciones que no cuentan con el apoyo de todos los actores relevantes suelen ser ineficaces o contraproducentes.
En tercer lugar, la crisis deja claro que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, ya no es un socio fiable. La asociación transatlántica, tal como existía desde la Segunda Guerra Mundial, ha terminado. Europa debe fortalecer su autonomía estratégica y desarrollar sus propias capacidades en política exterior. Esto no significa distanciarse de Estados Unidos, sino un reajuste de la relación basado en la independencia y el respeto mutuo, en lugar de una dependencia unilateral.
En cuarto lugar, la crisis demuestra la limitada influencia de Europa en América Latina, una desventaja estratégica. América Latina es una región dinámica con un potencial económico significativo. El acuerdo del Mercosur es un paso importante, pero Europa debe profundizar sus vínculos con la región y aumentar su presencia política. El hecho de que más de dos docenas de políticos europeos de alto rango cancelaran una cumbre con socios latinoamericanos ilustra la baja prioridad que Europa otorga a la región.
En quinto lugar, la crisis subraya la necesidad de considerar las políticas exterior, de seguridad, económicas y migratorias de manera integrada. El éxodo masivo venezolano tiene repercusiones directas para Europa. La inestabilidad política en Venezuela genera flujos migratorios hacia Europa. Por lo tanto, estabilizar Venezuela también beneficia a Europa, pero Europa carece de una estrategia para promover dicha estabilización.
En sexto lugar, la crisis revela los peligros de la fragmentación geopolítica y la formación de bloques. El mundo se divide cada vez más en un bloque occidental liderado por Estados Unidos y un bloque oriental liderado por China. Países como Venezuela, Rusia e Irán se ven empujados hacia el bloque oriental porque Occidente los aísla. Esto crea una dinámica que se refuerza a sí misma y restringe el margen de maniobra de todos los actores. Europa debería intentar construir puentes, no muros, y no empujar a los países a los brazos de China o Rusia.
En séptimo lugar, la crisis deja claro que el derecho internacional y las instituciones multilaterales se ven sometidos a presión cuando las grandes potencias actúan unilateralmente. Los ataques estadounidenses a buques venezolanos, que violan el derecho internacional, y el cierre del espacio aéreo venezolano apenas fueron criticados por Europa. Esto socava la credibilidad de Europa como defensora de un orden internacional basado en normas. Europa debe estar preparada para aplicar el derecho internacional también contra Estados Unidos si se toma en serio sus propios valores.
Entre la impotencia y la compulsión de actuar
El abrupto cambio de rumbo de Maduro hacia Trump a principios de enero de 2026 es más que una anécdota diplomática. Es una lupa que revela los cambios tectónicos en el orden mundial actual. Un gobernante autoritario que desafió a la mayor potencia militar del mundo durante meses cedió cuando la presión se volvió insoportable. Pero su capitulación no es el final de la historia, sino el comienzo de una nueva fase de realineamiento geopolítico.
Para Europa, la crisis de Venezuela es una llamada de atención. Muestra la fragilidad de la seguridad energética en un orden mundial fragmentado, la limitada eficacia de las sanciones occidentales, la precariedad de la alianza transatlántica bajo el gobierno de Trump y la escasa influencia de Europa en las regiones del mundo fuera de su vecindad inmediata.
La pregunta central es si Europa sacará las conclusiones correctas de esta llamada de atención. ¿Fortalecerá Europa su autonomía estratégica, desarrollará capacidades independientes de política exterior y desempeñará un papel más activo en los conflictos globales? ¿O seguirá manteniéndose al margen como un observador pasivo mientras otros dictan las reglas del juego?
La respuesta a esta pregunta determinará no solo el papel que Europa desempeñará en la crisis venezolana, sino también el que desempeñará en el orden mundial del siglo XXI. El tiempo de la vacilación y la pasividad debe terminar. Europa debe reconocer que la autonomía estratégica no es una opción, sino una necesidad en un mundo donde las viejas certezas ya no se sostienen.
Venezuela puede estar lejos, pero las lecciones de la crisis están cerca. Afectan a los temas centrales de la existencia de Europa en un orden mundial multipolar: seguridad energética, resiliencia económica, capacidad política de acción y la defensa de un orden internacional basado en normas. Europa tiene una opción: influir activamente en estos asuntos o tolerarlos pasivamente. La crisis venezolana demuestra lo que sucede cuando se confía en la supuesta fortaleza de los recursos naturales sin crear las bases políticas e institucionales que puedan transformar esta riqueza en prosperidad sostenible.
Europa no debe cometer el mismo error. Posee poder económico, excelencia tecnológica y legitimidad democrática. Pero sin la voluntad política para convertir estos recursos en capacidad estratégica, seguirán siendo inútiles. La crisis venezolana nos recuerda que, en política internacional, lo que importa no son los mayores recursos naturales ni los principios morales más sólidos, sino la capacidad de proyectar poder y defender sus intereses. Europa debe aprender esta lección antes de que sea demasiado tarde.
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