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Ni Tesla ni Waymo: el primer coche autónomo del mundo circuló en Baviera en 1987

Ni Tesla ni Waymo: el primer coche autónomo del mundo circuló en Baviera en 1987

Ni Tesla ni Waymo: el primer coche autónomo del mundo circulaba por Baviera en 1987 – Imagen creativa: Xpert.Digital

El error de mil millones de dólares de Alemania: cómo inventamos el coche autónomo y lo perdimos ante EE. UU

De la autopista al museo: por qué la industria automovilística alemana perdió su avance más ingenioso

Sensación olvidada: un transportador bávaro ya en los años 80 podía hacer lo que Tesla promete hoy

Cuando pensamos en la conducción autónoma hoy en día, inevitablemente nos vienen a la mente nombres como Tesla, Waymo y Silicon Valley. Pero el verdadero nacimiento del coche autónomo no se encuentra en California, sino en un tramo cerrado de la autopista de Baviera. Ya en 1987, décadas antes de que los gigantes tecnológicos invirtieran miles de millones en esta tecnología, el profesor alemán Ernst Dieter Dickmanns contaba con una pequeña furgoneta que conducía de forma completamente autónoma. Equipada con cámaras y un software revolucionario, su equipo causó sensación tecnológica. Pero en lugar de transformar esta enorme ventaja tecnológica en poder de mercado global, la industria alemana dejó escapar esta oportunidad única en un siglo. ¿Cómo pudo archivarse una innovación tan revolucionaria? Esta historia no es solo una fascinante mirada retrospectiva a un logro pionero alemán olvidado. Es una apremiante llamada de atención y una lección sobre la gestión del éxito, la falta de valentía para escalar y la pregunta de si Alemania ha perdido definitivamente su oportunidad de seguir el ritmo de la movilidad del futuro.

El olvidado Silicon Valley de la Autobahn: cómo Alemania inventó la conducción autónoma y luego cedió el control

En 1987, por una autopista bávara aún no abierta al tráfico público, circulaba una modesta furgoneta equipada con cámaras y tecnología informática. El vehículo se dirigía solo, se mantenía en su carril y reaccionaba a los demás usuarios de la vía, todo ello sin GPS, mapas ni lidar. La potencia informática a bordo era solo una fracción de la que se encuentra en los coches de gama media actuales. Si bien nombres como Tesla y Waymo son ahora sinónimo de conducción autónoma, las bases reales se sentaron décadas antes en Alemania, prácticamente sin que el público, los políticos y los mercados de capitales se dieran cuenta.

Este logro pionero lleva el nombre de un hombre prácticamente desconocido fuera de los círculos especializados: Ernst Dieter Dickmanns, profesor de la Universidad Bundeswehr de Múnich. Sus investigaciones demostraron, ya en la década de 1980, que la movilidad autónoma basada en cámaras y procesamiento inteligente de imágenes era posible. Sin embargo, Alemania no logró traducir este avance en una ventaja económica duradera. La historia de la conducción autónoma es, por lo tanto, también una lección sobre oportunidades de innovación desaprovechadas, sistemas de incentivos deficientes y una industria que no supo qué hacer con la investigación pionera.

Visión 4D: El ingenioso enfoque detrás de los primeros coches autónomos

En el centro del trabajo de Dickmann se encuentra un enfoque que él describe como "visión 4D". Mientras que el procesamiento clásico de imágenes analiza imágenes individuales, su enfoque se centra en modelar el espacio y el tiempo en conjunto. Los vehículos observan continuamente su entorno, reconocen objetos, estiman su velocidad y predicen la evolución de la situación. Este enfoque dinámico permite tomar decisiones en tiempo real con ordenadores comparativamente menos potentes, una necesidad en una época en la que los procesadores de alto rendimiento eran extremadamente caros y escasos.

El vehículo experimental VaMoRs, un vehículo comercial ligero de cinco toneladas, se equipó con cámaras y sensores a principios de la década de 1980 y se controlaba mediante un ordenador de a bordo basado en secuencias de imágenes analizadas continuamente. A partir de 1987, los VaMoRs podían circular de forma totalmente autónoma a velocidades de hasta 96 km/h en un tramo de carretera especialmente designado. Posteriormente, se incorporaron los vehículos Clase S del proyecto VaMP, que, gracias a múltiples cámaras, podían "ver" hacia adelante y hacia atrás y, en su fase final de desarrollo, podían circular de forma autónoma a velocidades de hasta 130 km/h. Ya en 1994 y 1995, estos vehículos, como parte del programa europeo PROMETHEUS, recorrieron entre cientos y más de mil kilómetros en tráfico real de carretera, realizando cambios de carril y adelantamientos, y conduciendo de forma autónoma durante un alto porcentaje del tiempo.

Desde una perspectiva económica, surge un hallazgo notable: la relación entre el capital invertido y la madurez tecnológica alcanzada es excepcionalmente alta. Con presupuestos comparativamente reducidos y un equipo reducido, el proyecto alcanza un nivel de madurez por el que las empresas invierten actualmente decenas de miles de millones. La productividad del capital de la investigación es enorme, pero apenas se utiliza para asegurar políticas industriales duraderas o ventajas comerciales.

De proyecto visionario a obstáculo: Por qué el trabajo pionero fracasó

Surge la pregunta de por qué estas espectaculares demostraciones no han convertido a Alemania en el líder mundial de la conducción autónoma. Parte de la respuesta reside en las estructuras de la industria automotriz en aquel momento y en el papel de la investigación pública. Proyectos como PROMETHEUS se diseñaron para la demostración y la adquisición de conocimientos, no para el desarrollo de productos y plataformas escalables. Si bien se incorporaron tecnologías individuales a los sistemas de asistencia al conductor tras la finalización de los programas, no surgió un modelo industrial consistente que pudiera transformar este logro pionero en un modelo de negocio sostenible.

En las décadas de 1990 y 2000, los principales fabricantes de equipos originales alemanes se centraron principalmente en mejoras graduales: ABS, ESP, control de crucero adaptativo y, posteriormente, asistencia de frenado de emergencia. Muchos de los conocimientos del proyecto PROMETHEUS y la investigación de Dickmanns se incorporaron a estos sistemas, contribuyendo al impresionante historial de seguridad de los vehículos modernos. Sin embargo, el gran salto hacia la conducción totalmente autónoma se quedó en una visión, una visión que se describió con fines comerciales, pero que no se persiguió con pleno compromiso.

Los factores institucionales y culturales también influyen. Los fabricantes alemanes piensan en términos de ciclos de modelos y plataformas de vehículos, y no tanto en plataformas de software basadas en datos. El capital riesgo dispuesto a crear una empresa independiente de software o de autonomía en torno a esta tecnología es escaso. Por lo tanto, en lugar de desarrollar la investigación en una empresa tecnológica independiente y orientada al crecimiento, esta se integra en el sistema de la cadena de suministro existente. La ventaja tecnológica se convierte en un componente invisible de los sistemas de asistencia al conductor: valioso, pero no lo suficientemente visible como para llevar su propia marca global.

 

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Alemania inventó la conducción autónoma: ¿por qué Estados Unidos sigue siendo líder hoy en día?

Cómo Silicon Valley convirtió la tecnología en una narrativa

Si bien Alemania mantiene su liderazgo, en Silicon Valley se está desarrollando una dinámica diferente. Empresas como Waymo, surgidas del ecosistema de Google, están posicionando la conducción autónoma desde el principio como un salto tecnológico con un enorme potencial de escalabilidad. El discurso no es "mejor asistencia al conductor", sino "robotaxis que revolucionará mercados enteros". Esto convierte a la tecnología en un imán para capital, talento y atención mediática.

Waymo recaudó 16 000 millones de dólares en una reciente ronda de financiación y está valorada en aproximadamente 126 000 millones de dólares. Sus robotaxis realizan cientos de miles de viajes pagados semanalmente en varias ciudades de EE. UU., y la compañía posee una gran cantidad de datos de viajes que consolidan aún más su liderazgo. Tesla está adoptando un enfoque diferente, basándose casi exclusivamente en cámaras y prescindiendo del lidar, pero también espera que las capacidades autónomas sean el núcleo de su modelo de negocio y su valoración.

Esta dinámica no es solo técnica, sino sobre todo económica y comunicativa. La conducción autónoma se está convirtiendo en una narrativa de crecimiento que fascina a inversores, medios de comunicación y políticos por igual. Los datos se presentan como un recurso estratégico, y los robotaxis como una palanca para nuevos modelos de negocio con ingresos recurrentes. En esta lógica, importa menos quién gestionó la primera conducción en carretera, sino quién puede expandirse globalmente y establecer estándares hoy.

Responsabilidad, regulación y la idea del “examen de conducir para máquinas”

Otra razón para los diferentes desarrollos reside en el entorno regulatorio. La conducción autónoma afecta a la legislación vial, la Convención de Viena sobre la Circulación Vial y los regímenes nacionales de responsabilidad. Si bien Alemania y la UE han tomado medidas en los últimos años para permitir sistemas altamente automatizados (hasta el nivel SAE 3 y, en algunas zonas, el nivel 4), se mantienen cautelosos y definen ámbitos de aplicación limitados.

Según la legislación vigente, los sistemas de Nivel 3 pueden utilizarse en el tráfico rodado regular si se definen la homologación de tipo y los límites de funcionamiento precisos. Sin embargo, el conductor humano sigue siendo responsable, debe estar preparado para intervenir y no puede quedar completamente exento de responsabilidad. Los sistemas de Nivel 4 solo se permiten en áreas operativas claramente definidas, como servicios de transporte o aplicaciones especializadas, y siempre bajo condiciones estrictas.

La idea de considerar al propio vehículo como responsable rompe con esta lógica. Desde el punto de vista económico, este modelo implicaría una asignación de riesgos completamente nueva. Las aseguradoras tendrían que evaluar el sistema técnico y los fabricantes tendrían que demostrar que sus vehículos ofrecen un rendimiento seguro y reproducible, similar a un examen de conducción. Esto requeriría amplios sistemas de certificación, pruebas y monitorización, incluyendo catálogos de escenarios estandarizados, simulaciones y normas claras para las actualizaciones de software.

Para la industria, un régimen de pruebas riguroso también podría representar una oportunidad para diferenciarse mediante estándares de seguridad. Quienes puedan establecer puntos de referencia globales con un nivel de seguridad probado y certificado no solo ganarán confianza, sino también acceso al mercado y poder de fijación de precios. Europa, en principio, tiene la oportunidad de aprovechar su fortaleza en estandarización y regulación para definir estándares globalmente aceptados para los sistemas de conducción autónoma.

Las oportunidades restantes de Alemania en la carrera por la movilidad autónoma

A pesar de las oportunidades desaprovechadas, Alemania tiene potencial. El país aún posee una base industrial excepcionalmente densa, una amplia experiencia en fabricación de vehículos, tecnología de sensores, ingeniería de seguridad y software para sistemas integrados. Muchas de las tecnologías utilizadas actualmente en los sistemas de asistencia al conductor provienen, directa o indirectamente, de la fase pionera de Dickmanns y PROMETHEUS. Además, cuenta con un sólido panorama de investigación y proveedores altamente especializados.

Particularmente prometedoras son las áreas de aplicación que no buscan reemplazar completamente a los conductores en el tráfico diario, sino centrarse en áreas de operación claramente definidas. Estas incluyen el transporte industrial, los autobuses autónomos en rutas fijas, los centros logísticos, el tráfico portuario y terminal, y las aplicaciones especializadas en el transporte público. En estos escenarios, la infraestructura, las condiciones operativas y las responsabilidades pueden gestionarse de forma más eficaz que en el tráfico mixto abierto. Alemania podría desarrollar soluciones de sistemas que integren vehículos, infraestructura, centros de control y conceptos de seguridad.

En términos económicos, esto abre la oportunidad de exportar no solo vehículos, sino sistemas completos de movilidad. En lugar de competir globalmente con empresas estadounidenses y chinas con un alto capital en el mercado de robotaxis, Alemania podría destacar en segmentos B2B donde la seguridad, la fiabilidad y la capacidad de integración son más importantes que la máxima escalabilidad.

¿Qué necesita cambiar en la política y los negocios?

Para que estas oportunidades se hagan realidad, no basta con celebrar con nostalgia los logros pasados. Se necesita una política de innovación más deliberada, que considere proyectos como el de Dickmann no como excepciones aisladas, sino como un modelo para la promoción sistemática de la innovación radical. Esto incluye la financiación de la investigación que vincule estratégicamente los proyectos piloto con estrategias de escalamiento y comercialización, en lugar de permitir que finalicen en la fase de proyecto.

A nivel regulatorio, se necesitan marcos claros y predecibles que faciliten las pruebas y definan áreas de aplicación para sistemas altamente automatizados. Las empresas necesitan seguridad jurídica en cuanto a responsabilidad, uso de datos y actualizaciones de software. Al mismo tiempo, deben reestructurar sus propias organizaciones: abandonar los ciclos basados ​​exclusivamente en hardware y adoptar plataformas flexibles de software y datos que permitan mejoras continuas y permitan el acceso a nuevos servicios.

Desde una perspectiva económica, los próximos años determinarán si Alemania reduce su papel a funciones de asistencia autónomas y proveedores de componentes, o si logra mantener el liderazgo del sistema en segmentos seleccionados. Los logros pioneros de Ernst Dieter Dickmanns demuestran que existe la excelencia tecnológica. La pregunta abierta es si los responsables políticos, los mercados de capitales y la industria extraerán las conclusiones estratégicas correctas de esto.

 

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